domingo, 31 de enero de 2016

19.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO SEXTO.

Capítulo sexto. Las siete

Cuando en su tumba Luz quedó enterrada,
Cuando a Don Luis fue conducido
Y se volvió John Lees a su morada,
Solo a la suya se volvió Losada
En el silencio y el dolor sumido,
Y encerrando sus penas en su pecho
Volvió a ocupar su camarín estrecho.
Mas ya no abrió el balcón que da a la tienda:
Se negó a recibir cartas, amigos
Y compradores: encargó su hacienda
A un dependiente fiel, y sin testigos
Un día y otro se pasó encerrado,
O a su dolor recóndito entregado,
O dado a algún trabajo misterioso,
En cuya ardua labor nadie le ayuda
Y que exige sin duda
Misterio, soledad, calma y reposo.
De la casa el rumor durante el día
Que se oyera el rumor de su trabajo
Por fuera de su cámara impedía;
Mas de su oculto camarín debajo
Trabajar por la noche se le oía.
Alguna vez la gente de su casa,
Que en la impaciencia y la inquietud se abrasa
La causa por saber de tanta pena
Y el misterioso afán de tal faena,
Venía en la alta noche de puntillas
A escuchar desde el pié de la escalera
Apoyada en las verdes barandillas:
Por el doble interés a lo que creo
De afección natural y verdadera,
Y porque a todos hace en el deseo
La natural curiosidad cosquillas;
Y allí en la oscuridad, hombro con hombro,
Reteniendo el aliento,
Oían con asombro
Arriba, en el recóndito aposento
De Losada, el metálico sonido
Por su trabajo oculto producido.
El son del esmeril y el torniquete
No les extraña al alma ni al oído,
Pues es un son para ellos conocido:
Mas lo que miedo al corazón les mete
Es oír un reló que da las siete,
Y después un tristísimo gemido
Que dan en el cerrado gabinete,
Siempre tras de las siete repetido.
Al principio juzgaron que el lamento
Tras de los siete golpes exhalado,
Era un rumor que producía el viento
Por los tubos del gas encañonado
O metido en la hueca chimenea;
Pero después que repetir le oyeron
Una vez y otra vez, se convencieron,
(Con el terror que la ignorancia crea
De lo que no se sabe lo que sea,)
Que era un gemido lúgubre, profundo,
De un ser humano que se va del mundo,
Y que, al partir, con el dolor pelea.
La voz era tristísima: el lamento
Más vital que el gemir del vago viento:
Era de una mujer, que el mundo deja,
La postrimera y temerosa queja:
Era la voz de un alma que, arrancada
Por fuerza de su cuerpo, lastimada
Parte, y de él despidiéndose se aleja;
El son era fatídico, hondo, interno,
Triste como el graznar de la corneja,
Y présago tal vez de un mal eterno,
No era de voz por el mortal creada;
Tenía algo del cielo o del infierno
Y salía del cuarto de Losada.
El artífice torvo, cada día
Cuando a comer del camarín salía,
Sombrío más y más preocupado,
Más pálido y más flaco parecía.
Su familia asombrada
Enflaquecer con miedo le veía
Cada vez más curiosa y asustada:
Mas si le preguntaban “¿qué tenía?”
Respondía no más: “no tengo nada”
Y cabizbajo al camarín volvía.
La historia comenzaba a traslucirse
De su casa por fuera,
Por entre los amigos a esparcirse
Y en la murmuración a introducirse,
Y pasto ya de las calumnias era.
Porque en la sociedad en que vivimos,
Aunque cristianos por bautismo somos,
Si entre manos a un prójimo cogemos,
Al punto en que con él en tierra dimos,
O le rompemos con placer los lomos
O echamos sobre la honra que le vemos
Injurias y calumnias en racimos.
Y así es la sociedad: asombradiza
De aquello que no sabe ni conoce,
Ciega anatematiza
Toda acción de infeliz que vida goce
Y que con ella en misterioso roce
Presente al parecer o faz postiza
O en penumbra al pasar su faz emboce.
No se toma el trabajo
De sondar la verdad, no profundiza
Las apariencias; al que cae debajo,
Como vea algo en él que no comprenda,
Lo interpreta de modo que le ofenda,
Por hecho se lo da, le satiriza
Por ello, cae sobre él, le martiriza,
No le deja tenaz que se defienda,
Con cobarde placer le descuartiza
Y la reputación le pulveriza.
Tal es la sociedad. ¡Vamos andando!
Así por lo que el vulgo a hablar comienza,
La sociedad tomándolo a vergüenza
De Losada a hablar mal va comenzando.
Se comienza a decir que una Habanera
Hermosa y mal casada
Por él a su marido fue robada:
Y en una quinta, de la villa fuera,
La hizo vivir como en su harén Losada;
Que volvió de la Habana su marido
Y que, habiendo celoso descubierto
De la hermosa criolla su morada,
El fue en un duelo por Losada muerto
Y la hermosa infeliz envenenada.
Los más caritativos
Dicen que el Habanero estaba loco
Y la habanera tísica:
Por lo cual de su muerte los motivos
Jugos no fueron a su ser nocivos,
Sino que la mató dolencia física:
Y que el marido, enloqueciendo a poco
Por voluntad de Dios, no por horrenda
Pócima venenosa administrada,
De la ocasión se aprovechó Losada
Para cargarse de ambos con la hacienda.
Mas la murmuración no sabe nada:
Quien dice la verdad es mi leyenda,
Que es quien está del tiempo en la memoria
De consignar los hechos encargada;
Vamos, pues, adelante con mi historia.

Losada dejó al fin su gabinete,
Si no gordo y rollizo,
Con color rubicundo y gran moflete,
Porque siempre fue flaco y Dios le hizo
Con cara de color algo cobrizo.
Con sereno semblante,
Como el que tiene de su Dios delante
Su conciencia tranquila y con segura
Planta el mundo cruzar puede arrogante:
Como quien, tolerante, no se cura
De lo que hace sin él su semejante,
Ni orientarse procura
De lo que de él la sociedad murmura.
El hombre de arte en su trabajo vive:
Sus pesares y afán con él olvida,
Y en el placer que al trabajar recibe
Regenera su ser, nutre su vida.
Losada así, después de concluida
Alguna obra difícil, cuyo empeño
Soledad y silencio le ha exigido,
De él alejando el apetito y sueño,
Salió del camarín con faz serena
Y de satisfacción el alma llena,
Y volvió a su almacén a ver en calma
Si en sus máquinas guardan sus relojes
La misma rectitud que él en su alma.
El día aquel, para las cuatro en punto,
Había el doctor Lees sido invitado
A comer: como Inglés, por decontado
Que la puntualidad era un asunto
De honor para John Lees; cuando faltaba
Un minuto no más para las cuatro,
John Lees el picaporte levantaba:
Lo mismo que en las citas del teatro.
La comida fue simple; Lees se asocia
Continuamente a su festín diario,
Y Losada con Lees nada negocia
Mesa para ostentar de millonario.
Pulcritud, buen jerez, salmón de Escocia,
Buen roastbeef, pan francés, marisco vario.
Café, azúcar y puros de la Habana,
Decoro Inglés, franqueza castellana,
Esto fue lo que hubo en la comida,
Que es lo que da Losada a quien convida.
Eran las seis, y en plática sabrosa
Con el tabaco y el café seguían
Aun Losada y John Lees de sobremesa:
Los dependientes iban y venían:
La noche se iba haciendo más espesa:
Los criados el gas les encendían.
“Doctor, ¿tenéis por iros mucha priesa?”
Tras un espacio a Lees dijo Losada:
Lees respondió: “no tengo que hacer nada.”
LOSADA.


Pues luego os llevaré a mi gabinete.
LEES.


Cuando queráis.
LOSADA.


Más tarde: subiremos
Pocos momentos antes de las siete.
LEES.


Pues fumemos en tanto.
LOSADA.


Pues fumemos.

Y encendiendo otro puro, y aspirando
Del café y del tabaco la aromática
Esencia, reanudaron esperando
Losada y Lees la interrumpida plática.
En el reló que el comedor decora
Se oyeron dar de la marcada hora
Los tres cuartos al fin: y levantándose,
“Cuando gustéis, doctor,”—dijo Losada:
El doctor le siguió sin decir nada,
Y al camarín subieron, encerrándose.

Mas entremos, lector, porque el poeta
No tiene para ti puerta cerrada,
Cuarto sin luz, ni habitación secreta;
Su pluma es una luz que arde constante
Para ti nada más iluminada:
Sigueme: yo te alumbro por delante.


martes, 26 de enero de 2016

18.- T0DOS JUNTOS LO CONSEGUIREMOS

Algo ha debido de pasar para que en este momento todo el mundo esté pidiendo una calle para el relojero LOSADA. 

Pero esto comenzó hace mas de diez años cuando AMADOR RODRÍGUEZ RAMÓN, observando que no había en Madrid ninguna calle dedicada al relojero de Iruela (León), que establecido en Londres regaló al pueblo de Madrid y a todos los españoles el reloj de la Puerta del Sol, inició su periplo de peticiones  a infinidad de estamentos. Su trabajo no se ve recompensada  hasta el 14 de enero de 2014 cuando el el Ayuntamiento de Madrid le comunica por la carta que sigue: " compartiendo este Área de gobierno que los méritos de Losada son plenamente justificativos del recuerdo a través del Callejero madrileño, con fecha 12 de abril de 2013 se remitió nota a los gerentes de todas las Juntas Municipales de Distrito..."

Que alegría más grande para el bueno de Amador que lo ha conseguido. Le advierten que los tramites serán lentos, así que a esperar. "las cosas de palacio van despacio". Será cuestión de unos meses, un año, dos años... Se termina la legislatura y Losada sigue sin calle, hay otro nuevo gobierno municipal. ¿Y ahora qué?. ¿Los méritos de Losada son plenamente justificativos?

D. Alberto Merchante Somalo ha dimitido ahora el cargo lo ostenta Dª Celia Mayer Duque y el departamento se llama Área de Gobierno de Cultura y Deportes. Suponemos que estos acuerdos deben mantenerse y Amador esta haciendo todo lo posible para indagar como anda su porfiado asunto.

Pero aquí es donde yo pido que todo el que pueda y quiera reclame con la carta que remata este escrito que es lo que pasa con la promesa dada en el año 2014. Y es que este año el 19 de noviembre se cumplen 150 años de que Isabel  II  inaugurara el reloj aquel lejano 19 de noviembre de 1866.  Este año ha de ser el definitivo José Rodríguez de Losada tendrá su calle en Madrid.

Estos son algunos de los medios que en diferentes épocas se han hecho eco del Relojero Losada y han estado de acuerdo en que el pueblo de Madrid estaba en deuda con él. Ruego a quien lea esto y tenga acceso a ellos le haga llegar mi petición,  nuestra petición.

DIARIO DE LEÓN

18/12/2005 El leonés que marco el tiempo a los ingleses 
                   por Nicolás Miñambres
30/12/2014 mADRID SE ACUERDA AHORA DE lOSADA
21/12/2014 LEÓN DA LA HORA EN MADRID Y TAL VEZ EN LONDRES
                   POR ANA GAITERO
02/01/2016 pIDEN UNA CALLE Y UNA ESTATUA PARA EL RELOJERO LOSADA
                   POR E. GANCEDO
28/12/2014 mADRID RINDE HOMENAJE HOY AL RELOJERO LOSADA
29/12/2014 mADRID SALDA SU DEUDA HISTÓRICA CON EL RELOJERO LOSADA


dIARIO PÚBLICO


28/06/2009 EL LEONÉS QUE HIZO SONAR EL BIG BEN
                    POR NELA DOMENECH

EL PAÍS

05/07/1996 UN REGALO A MADRID
31/03/2014 150 NOCHEVIEJAS ESPERANDO LA CALLE DEL RELOJERO LOSADA
                   POR BRUNO GARCÍA GALLO

ABC
05/02/2013 EL RELOJ DE LA PUERTA DEL SOL, UN REGALO DE UN HOMBRE                                  SINGULAR 
                   POR ERNESTO AGUDO
              
EL MUNDO 

31/12/2000 UN RELOJ QUE MARCA LA HISTORIA
                   POR ÁNGEL DEL RÍO
07/11/2015 JOSÉ RODRÍGUEZ DE LOSADA FUE EL RELOJERO MÁS IMPORTANTE DE SU                      ÉPOCA
                   POR JAVIER DIAZ

ELCABREIRÉS

31/12/2015 LAS CAMPANADAS D´UN RELOXEIRO D´IRUELA
                   POR XEPE VALLE

LA NUEVA CRÓNICA.COM

29/12/2014 HOMENAJE AL RELOJERO LOSADA
                   POR L N C

mondelo@mondelopress.com
29/12/2015 LOSADA: DE HUMILDE PASTOS A RELOJERO REAL.TERMINÓ EL BIG BEN Y                      REGALÓ EL RELOJ DE LA PUERTA DEL SOL
                   POR BEATRIZ DAVIES

PERSONAJES LEONESES
                   LOSADA, EL RELOJERO DE LAS DOCE CAMPANADAS


domingo, 24 de enero de 2016

17.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO QUINTO II.

 CAPÍTULO QUINTO II.

Pasó Setiembre: el otoño
Va con el sombrío Octubre
Corriendo; el cielo se cubre
De nubes: ciñe en redor
El horizonte la niebla
Que en llovizna se resuelve,
Y el aura fresca se vuelve
Vendabal asolador.

Está espirando el crepúsculo
De un día opaco: se cierra
La noche sobre la tierra
Amenazando huracán.
El cierzo va ya los árboles
Desnudando hoja por hoja,
Y al espacio las arroja
Por donde perdidas van.

Luz reposa en su aposento,
Después de haber arrostrado
Un ataque muy violento;
De los que tuvo, el mayor.
Don Luis, John Lees y Losada
Están torbos y callados
En el salón agrupados
En torno del velador.

Losada tiene los ojos
Húmedos fijos en tierra:
El doctor John abre y cierra
Un libro que ante él está,
Sin conciencia de lo que hace:
Mientras a algún pensamiento
Que le está dando tormento
Vueltas en su mente da.

Don Luis, el semblante lívido,
Los ojos desencajados
Sobre la mesa clavados,
Y una mano en cada sien,
Por coger está luchando
Sus pensamientos perdidos:
Y todos tres, distraídos,
Ni se miran, ni se vén.

El viento zumba por fuera
Rasgándose en las persianas
De las cerradas ventanas,
Y, con la lluvia que cae,
En remolinos sonoros
Lanza contra las vidrieras
Puñados de hojas ligeras
Que de los árboles trae.

Don Luis alzó de repente
Su cara desencajada,
Soltando una carcajada
Entre histérica y feroz;
Y encarado bruscamente
Con el Doctor y Losada,
Dijo con vista extraviada
Y descompasada voz:

“Creo que este es el momento
“De que yo os cuente una historia,
“Que atormenta mi memoria
“Y me prensa el corazón;
“Tanto más cuanto que espero
“Que esta historia, que envenena
“Mi corazón, de esta escena
“Os dará una explicación.”

Losada y Lees con asombro
Las palabras escucharon
De Don Luis, y no acertaron
Su sentido a penetrar;
Mas él añadió, cobrando
Su aire mesurado y serio
Habitual: “Es un misterio
“Cuya llave os voy a dar.

“Escuchadme.”—Por un doble
E instintivo movimiento,
Adelantaron su asiento
Para oír Losada y Lees:
Y de tener satisfecho
Su curiosidad atenta,
En voz baja, triste y lenta,
Contó esta historia Don Luis:

“Era yo mozo: mi padre,
“Muerto hacía pocos meses,
“De cuantiosos intereses
“Me dejaba sucesor.
“Mi débil madre, en el pecho
“Por el mal de Luz herida,
“Cifraba en mí de su vida
“La esperanza y el amor.

“Mi padre fue un hombre duro,
“Frío, inflexible y severo,
“Que creado el mundo entero
“Para servirle creyó.
“Mi madre fue siempre esclava
“De su voluntad de hierro:
“Un verdugo y un encierro
“Fue lo que en mi casa halló.

“Consumida su alma débil
“Por su eterna pesadumbre,
“Vivió por fuerza y costumbre
“En una eterna ansiedad:
“Y aquella angustia perpetua
“En que a vivir se había hecho,
“Germinó al fin en su pecho
“Su mortal enfermedad.

“Dios nos dejó un día libres;
“Yo que, desde que era niño,
“Nunca a mi padre cariño
“Engendré sino temor,
“Al entierro de mi padre
“Asistí casi sin pena:
“Mi madre era un alma buena
“Y lloró por su señor.

“Mas las almas buenas nacen
“Para arrostrar en la tierra
“Una vida que no encierra
“Para ellas más que pesar.
“Yo había visto a mi madre
“Querida mas no estimada,
“Sujeta y nunca acatada:
“No la supe respetar.

“Hijo único, de carácter
“Indómito a todo yugo,
“De mi madre no me plugo
“Soportar la autoridad;
“Y sin resistencia abierta,
“Mas con firmeza heredada,
“La suya fue dominada
“Al fin por mi voluntad.

“La infeliz al quedar viuda
“Solo cambió de verdugo:
“Pudo aligerar su yugo,
“Mas no le pudo romper.
“La sociedad tendrá un día
“Que dar cuentas al Eterno,
“De este vasallaje interno
“Con que humilló a la mujer.

“Y los padres que a su esposa
“A que respeten sus hijos
“No acostumbran, con prolijos
“Pesares lo pagarán
“En su raza: de su madre
“Los que la ley no respeten
“Y a ella no se sujeten,
“Infelices morirán.

“Yo fui mal hijo: no importa
“Que mi padre sea el culpado
“De mi falta; mi pecado
“Su castigo ha de tener.
“Mi padre habrá respondido
“Por sí; de su mal ejemplo
“No puedo yo inmune templo
“Para mi delito hacer:

“Yo era mozo, y de una herencia
“Pingüe posesor hallándome,
“Me eché al mundo presentándome
“Con un espléndido tren.
“De mi estirpe la nobleza,
“Mi educación, mi riqueza
“Sobre todo, al mundo hicieron
“Que me recibiera bien.

“Aunque no olvidé en el mundo
“De mi hacienda los negocios,
“En sus criminales ocios
“Todas mis rentas gasté:
“Me apegué a sus vanidades,
“Sus deleites y artificios,
“Y al fin de todos los vicios
“Del lujo necesité.

“Mas yo era joven: mi alma
“No estaba aún corrompida,
“Y en el juego de la vida
“La arriesgué sin precaución,
“Y la perdí.—Fui una noche
“A un teatro, y en su escena
“Cantar oí a una sirena
“Que encantó mi corazón.

“Del poder de las pasiones
“Mundanas, la mayor parte
“Le ejerce el poder del arte
“Y el poder de la ilusión.
“Hombre de arte, amé a Almerinda
“Bajo el poder del encanto
“De su gracia, de su canto
“Y de su reputación.

“Los frenéticos aplausos
“De dos mil espectadores,
“Las coronas y las flores
“Que llovían a sus pies,
“Embriagaron mi alma virgen;
“Tomó el oropel por oro,
“Y busqué en su alma un tesoro
“Con mi honor dando a través.

“Seguí y perseguí a Almerinda,
“La envié magníficos dones:
“Debajo de sus balcones
“Cien serenatas la di.
“Las puertas de su casa ella
“Abrió a la opulencia mía:
“Y yo ¡insensato! creía
“Que me las abría a mí.

“Yo la di con todo mi oro
“Mi corazón todo entero;
“Ella, actriz, por mi dinero
“Representó una pasión:
“Y en un año de delirio,
“Me dio los viles placeres
“Que pueden dar las mujeres
“Que nacen sin corazón.

“Del año al fin, de un invierno
“Crudo en una noche fría,
“Me asaltó una pulmonía
“De su mansión al salir.
“Luché más de tres semanas
“Brazo a brazo con la muerte:
“Al cabo fui yo más fuerte
“Que el mal, y torné a vivir.

“Curé de mi pulmonía,
“Mas no de mi amor funesto;
“Apenas me vi repuesto,
“Volví a mi amor con afán.
“Busqué a Almerinda: ya había
“Partido: ¡me quedé yerto!
“Partió, dándome por muerto,
“Con otro feliz galán.

“Yo estaba ciego y demente
“Por mi pasión; de tal modo,
“Que atropellando por todo
“Seguirla determiné.
“Los celos me devoraban:
“Nada más que a ella veía
“En el mundo. —Al caer el día
“A partir me preparé.

“Mi madre infeliz, a fuerza
“De velar junto a mi lecho,
“Sintió hacérsela en el pecho
“Su antigua tisis mortal:
“Lloró, rogó, mandó: inútiles
“Fueron el mandato, el ruego
“Y el llanto: yo estaba ciego
“Por mi pasión criminal.

“Lánceme en pos de Almerinda;
“Dejé en su lecho postrada
“A mi madre abandonada,
“Y hacia Nápoles corrí
“Desatinado. Conciencia,
“Honor, todo lo inmolaba
“A ella. ¡Satanás estaba
“Apoderado de mí!

“Llegué a Nápoles. El público
“Allí a Almerinda aplaudía,
“Y allí con ella tenía
“A mi dichoso rival.
“Les vi salir del teatro,
“El ciego, ella descuidada;
“Les seguí, y de su morada
“Tras ellos pasé el umbral.

“No sé lo que hice: el insulto
“Debió ser grande; un momento
“Después, detrás de un convento,
“Nos hallábamos los dos
“Espada en mano. El combate
“Duró un punto… acaso nada;
“Yo le dejé, con mi espada
“Cruzado, a merced de Dios.

“Subí a casa de Almerinda,
“ Y de ira y de celos negro,
Le maté,—dije.—Me alegro,
“Respondió con frialdad:
Ya no le quedaba un céntimo,
Y estaba ya decidida
A darle una despedida
Como la tuya.—Maldad

“Semejante, sangre fría
“Tan bárbara, heló la mía:
“Y cuanto amor la tenía
“Sentí cambiarse en horror.
“Ella añadió: “Si habéis muerto
“ A ese hombre, dejad mi casa
“Antes que de lo que pasa
“Se entere el gobernador.”

“Desgarróseme la venda
“Que hasta allí me había cegado:
“De mi posición horrenda
“Comprendí la realidad:
“Enamorado de un monstruo
“A quien juzgué ángel divino,
“Iba a ser por asesino
“Preso en extraña ciudad.

“Se me agolpó a la memoria
“Toda mi vida pasada:
“Mi hacienda dilapidada
“Por tan infame mujer,
“Mi honor manchado, mi madre
“Abandonada… hubo un punto
“En qué creí que era asunto
“Para mí de enloquecer.

“Miré a Almerinda: la infame
“Me miraba sonriendo,
“Tal vez mi angustia leyendo
“Con placer sobre mi faz.
“Yo, sintiendo de repente
“Horror de ella y de mí mismo,
“Me libré de aquel abismo
“Que iba a sorberme voraz.

“A aquella mujer malvada
“De mi amor vi tan indigna,
“Que ni aun la tuve por digna
“De mi venganza. Volví
“A embozarme, avergonzado
“De mi amor y mi demencia,
“Y a paso precipitado
“De su casa me salí.

“Volví a entrar en mi posada:
“Pagué al huésped mi hospedaje,
“Y volviendo mi equipage
“En mi maleta a encerrar,
“Aguardé la luz del día:
“Y en el vapor que salía
“Para Marsella a las siete,
“Me hice en silencio a la mar.

“Volaba sobre las ondas
“El vapor: mas mi conciencia
“Me quemaba de impaciencia
“Y de miedo el corazón.
“Mi tragedia de Almerinda
“Había sido mi escarmiento,
“E iba en mi arrepentimiento
“A volverme a la razón

“Me resolví a consagrarme
“De mi madre a la ventura,
“Y a convertir su amargura
“En calma y felicidad
“Mientras viviera.—¡Insensato!
“¡Como si Dios no existiera,
“O impune dejar pudiera
“En la tierra mi maldad!

“Llegué a mi casa de noche.
“Ni luz, ni rumor de gente
“Percibí en ella: indolente
“Dormía en su habitación
“El portero: llamé airado
“Dos veces: con desagrado
“Contestó, y abrió turbado
“Al conocerme, el portón.

“¿Mi madre está ya acostada?
“Y no hay miedo que despierte.
“¿Por qué?
“Porque está enterrada
“Diez y siete días ha.—
“Aquel golpe era muy fuerte:
“A su atroz sacudimiento,
“Caí sin conocimiento.
“¡Así Dios sus golpes da!

“Mi madre murió llamándome:
“Y no faltó quien la dijo,
“Que la abandonaba su hijo
“Por ir tras una mujer.
“Entonces aquel espíritu,
“Que en perpetuo sufrimiento
“Una vida de tormento
“Pasó sin ningún placer,

“Dejó escapar de su vida
“Por las pesadumbres rota,
“De hiel una amarga gota
“¡Y sobre mí la vertió!
“Mi madre dijo impaciente:
“¡Permita Dios que esa infame
“Y cuantas mujeres ame,
“Mueran como muero yo!

“Dios la escuchó, y a su fallo
“Es forzoso que me rinda:
“Así se murió Almerinda,
“Y así Luz se morirá.
“¿No es el momento oportuno
“De traerlo a la memoria?
“¿El misterio de mi historia
“Habéis comprendido ya?

“Fui mal hijo: de mi estirpe
“Solo soy; no hay esperanza:
“En mí ha de caer la venganza
“De mi madre y de mi Dios.
“He amado a dos mujeres;
“Fuerza es que para ambas haya:
“Fuerza es que arrastrada vaya
“La virtud del vicio en pos.”

Dijo Don Luis: y dejando
El velador bruscamente,
Fue a la ventana de enfrente,
Abrióla con rapidez,
Y sacando el busto fuera,
Con afán calenturiento
Se puso el húmedo viento
A aspirar con avidez.

LOSADA.


Doctor, ¿no teméis que ese hombre
Tenga el juicio trastornado?
JOHN LEES.


Si es verdad lo que ha contado,
Que enloquezca es natural.
LOSADA.


¡Dios mío! Entonces…


JOHN LEES.


(interrumpiéndole)
Es claro:
Ya veis que él mismo lo dijo:
Dios es justo, y el mal hijo
No es feliz y muere mal.

Quedó Losada espantado
Del doctor viendo la calma,
Y en el fondo de su alma
Sintiendo la exactitud
De su observación terrible.
En esto, un soplo de viento
Asaltando el aposento,
Desgarró del gas la luz.

El vendaval comenzaba
A hacerse huracán bravío:
Don Luis con el viento frío
Templaba su ardor febril
En la ventana de pechos,
Sin ver que el viento a que abría
Paso, le descomponía
El aposento gentil.

Flotaban los cortinajes
De sus pabellones sueltos,
Y los papeles revueltos
Comenzaban a volar
Arrancados de las mesas,
Y del gas las llamaradas,
Espiraban sofocadas
Y volvían a brotar.

Losada y John Lees, absortos
Con la lúgubre memoria
De aquella tremenda historia
Que acababan de escuchar,
O tienen su pensamiento
Fuera de alcance del viento,
O a Don Luis dejan de intento
Con él su fiebre calmar.

En la espectación fatídica
De este silencio anhelante,
De una Iglesia protestante
Situada en la inmediación
Se oyó al reló dar las siete;
Cuyas siete campanadas
Fueron a perderse ahogadas
Del vendabal entre el son.

Mas una furiosa ráfaga,
Lanzándose por la abierta
Ventana contra la puerta
Del cuarto de Luz, la abrió
Del quicio desencajándola
Con estrépito violento,
Y de Luz al aposento
Revoltosa penetró.

Losada y Lees por afuera,
Y de Luz la camarera
Por dentro, se abalanzaron
A cerrarla: mas fue ya
Tarde; la ráfaga helada
Mató la vela y, el lecho
Sofaldeando, azotó el pecho
De Luz que dormida está.

Sintió la enferma, del viento
Por la fría bocanada,
Desaparecer cortada
Su febril transpiración,
Y sintió que, al ser por ella
De muerte en su cuerpo herida,
Su postrer soplo de vida
Se la iba del corazón;

Y exhaló un hondo gemido
Que resonó en las tinieblas
De todos en el oído
Con un terrífico son.
“¡Luz! ¡Luz!”—dijeron a gritos
Todos los que al aposento
Llegaban, y hubo un momento
De angustia y de confusión.

Dejó Don Luis la ventana
Y entró con una bujía
El último: Luz tosía,
Pero con esfuerzo tal,
Con crispación tan violenta,
Con tan seca y convulsiva
Tos, que por momentos iba
Desfalleciendo mortal.

Al fin del acceso, exánime
Dijo: “¡ese viento me ha muerto!”
Y Luz el semblante yerto
Sobre su pecho dobló.
Ya era cadáver.—Entonces
Don Luis con cóncavo acento
Dijo: “¡la ha matado el viento,
“Y abrí la ventana yo!”

Y sobre Luz sin sentido
Doblándose hacia adelante,
Pareció por un instante
Que estaban muertos los dos.
Lees dijo quedo a Losada:
“Si ahora le quitara el juicio,
“Era el mayor beneficio
“Que podía hacerle Dios.”

Acudió a Don Luis el médico:
Y acercándose Losada
A Luz, al cuello colgada
La halló su repetición.
Teníala entre sus manos
Enclavijadas asida,
Y con ellas comprimida
Encima del corazón.

Sacósela, y con asombro
Vio que se había parado
Cuando Luz había espirado.
Notar se lo hizo a John Lees,
Y este dijo: “¿quién acierta
“Los juicios de Dios? parada
“La repetición, Luz muerta.
“Y… ¡mirad!… loco Don Luis.”

Y era así: pasó el letargo
Por el cual fue acometido
Don Luis, mas volvió sumido
En insana insensatez.
Le hablaron, mas no obtuvieron
Rexpuesta de él; le pusieron
Ante Luz, y contemplóla
Con profunda estupidez.

Ante esta doble catástrofe
Sintió Losada espantado
Su cuerpo paralizado
Por el frío del terror:
Al fin, volviéndose al médico,
El cual como hombre de ciencia
Lo ve con indiferencia,
Dijo: “Y ahora, Doctor,
“¿Qué hacemos?”
LEES.


Tiene muy poco
Que discurrir: dar al loco
Una jaula en Bedlam, y a ella
Un sepulcro en el panteón.
LOSADA.


¿Y su hacienda?
LEES.


Administradla
Vos, por si él vuelve en su acuerdo,
Y de ella como recuerdo
Guardad la repetición.


domingo, 17 de enero de 2016

16.- SE PODÍAN DAR UN POCO DE PRISA O MEJOR SER MENOS LENTOS

Hay una persona, que lleva más de 10 años intentando un reconocimiento para José Rodríguez de Losada con innumerables escritos, entrevistas, viajes,etc., etc. Ha hecho peticiones a Gallardón, a Ana Botella, a Ignacio González y a otros muchos y estas peticiones han dado sus frutos.
Aquí muestro una carta de fecha 15 de enero de 2014 y por eso el título de esta entrega, ¿cuando las autoridades municipales de Madrid pagaran la deuda que tienen con Losada?. ¡¡¡¡¡De la carta, ayer hizo dos años!!!!!
La carta está dirigida a un gran amigo, del que hoy aun no voy a dar el nombre pero que se merece todo mi reconocimiento e insto a todos los que se sientan interesados en este asunto que pidan al Ayuntamiento de Madrid  que cumpla la palabra dada ya de una vez. ¡Para otras personas hay calles de forma inmediata! Ya tenemos concedida la calle, ahora es necesario que agilicen los tramites y lo hagan efectivo. 



viernes, 15 de enero de 2016

15.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO QUINTO.

Capítulo quinto. Fin de tres mujeres.

 

Setiembre empieza: pasaron
Del estío los calores:
Arboles, yerbas y flores
Empiezan a amarillear;
No hay ya planta en cuyos tallos
Apunte un nuevo retoño,
Y empieza el viento de otoño
Por las tardes a soplar.

Aun no llueve, mas ya empieza
El cielo azul a aplomarse,
Y empiezan a aglomerarse
Nubes oscuras en él:
Y empiezan a prevenirse
Para dejar la Inglaterra,
Los que no osan de su tierra
Sufrir el invierno cruel.

Luz al parecer no sufre
Visible empeoramiento;
Mas ya dejar su aposento
No la permite el doctor
Sino solo al mediodía,
Después y antes de las ráfagas
Con que ya el aire se enfría
Al salir y al caer el sol.

El doctor ha prohibido
El mal estado en que se halla
Revelarla; Don Luis calla
Más sombrío en su dolor
Cada vez; desde la noche
En que Luz sufrió el ataque
Primero, no hay quien le saque
De aquel sombrío estupor.

Luz, como todo el que llega
A su situación, se engaña
Respecto de ella y extraña
Que con tanta precaución
Se la trate: y como todo
El que de su mal padece,
Conforme su riesgo crece
Menos de él tiene aprehensión.

Y cuanto más de su alivio
Disminuye la esperanza,
Luz mucho más lejos lanza
La suya en el porvenir;
Y despertándose en ella
Sus mal dormidos afectos,
La alimenta con proyectos
Ya imposibles de cumplir.

“Ya pronto, dice a Losada
“Que es quien la hace compañía,
“Ya pronto llegará el día
“De volver a aquel país
“Delicioso en que he nacido;
“A aquella Isla perfumada
“Con la cual no tienen nada
“Comparable esto y París.”

Esto llama Luz a Londres,
Con cuyo cielo sombrío,
Luz tibia y pálido estío
No se ha avenido jamás.
Luz repugna por instinto
La Inglaterra, porque en ella
Abrió Dios ante su huella
Su sepulcro nada más.

Y ahora que sus facultades
Mentales se van haciendo
Mas claras, según perdiendo
Va existencia material:
Ahora que su alma está próxima
De su cuerpo a desprenderse,
Del cielo para, volverse
A la patria espiritual,

Van brotando sus memorias
En su mente más poéticas,
Y visiones va proféticas
Evocando su ilusión;
Su ser se va despojando
De todo instinto terreno,
Solo lo bello y lo bueno
Conservando el corazón.

Así que ahora se complace
Luz a solas con Losada
La poesía pasada
De su vida en evocar,
Y desplega ante él el rico
Panorama de esperanza,
Que en sus delirios alcanza
Su ilusión a divisar.

“Ved, Losada”,—le decía
Mirando a su parque un día
Por la ventana,—“ved esa.
“Yerba que creéis que igual
“No la brota tierra alguna:
“Pues eso es un musgo enano
“Allá en el campo cubano;
“Eso en Cuba es un erial.

“Allí no nace una yerba
“Que a sus vivientes felices
“No dé en tallos o en raíces
“Suculenta nutrición;
“Allí el árbol más estéril
“Que a Dios hacer brotar plugo,
“Está de sabroso jugo
“Henchido hasta el corazón.

“Las yerbas allí son yuca
“Fresca, ñame nutritivo,
“El tabaco productivo,
“La caña rica de miel,
“El cafeto aristocrático
“Y la piña perfumada,
“Que nace ya coronada
“Como reina del plantel.

“Los árboles allí ofrecen
“Al hombre ya prevenida
“La nutrición, la bebida,
“En su fruto natural:
“El rojo mamey, el mango
“Suave, el plátano abundante,
“Y la esbelta, la elegante
“Cimbradora palma-real.

“Quien de los campos de Cuba
“No conoce la riqueza,
“Que vio la naturaleza
“No puede decir jamás.
“Los poetas entusiastas
“Cuando cantarla han querido,
“Jamás pintarla han podido,
“Siempre se han quedado atrás.

“Venid allá con nosotros,
“Losada, y haréis conmigo
“Por esos campos que os digo
“Una tras otra escursion;
“Y en aquella tierra pródiga
“De deleites y de frutos,
“Las horas serán minutos
“En vuestra repetición."

Losada oía arrobado
La descripción hechicera
Que le hacía la Habanera
De la Antilla en que nació:
Mas del cielo de ilusiones
Donde le elevó su cuento,
El último pensamiento
De Luz le precipitó.

“Venid conmigo, Losada,
“Venid a tierra tan bella”…
¡Como si pudiera ella
Volver a Cuba jamás!
“Las horas serán minutos
“En vuestro reló”… ¡y debía
Contar los de su agonía
Su repetición no más!

Losada se puso pálido:
La esperanza en que se goza
Luz, el alma le destroza:
Y presa su corazón
De la fe supersticiosa
Por Losada en él nutrida,
Tembló oyéndola a su vida
Unir su funesto don.

El callaba; como siempre
Pálida pero risueña,
Con su mirada halagüeña
Luz, en silencio también
Le contemplaba, a su modo
Su silencio interpretando,
Y de Cuba imaginando
Que sueña con el Edén.
LUZ.


¿Os halaga el pensamiento
De ir a Cuba?
LOSADA.
¡A Dios pluguiera!

Diez años de vida diera
Por ir a Cuba con vos.
LUZ.


Vámonos pues.
LOSADA.


Imposible.

LUZ.


Seis meses allá estaremos.

LOSADA.


¡Ojalá! mas no podemos,Luz.
LUZ.


¿Quién nos lo impide?
LOSADA.


Dios.
A su pesar de la lengua
Y el corazón a Losada
Se le fue el “Dios”. — Luz, turbada.
Con asombro le miró;
El, viendo al punto el peligro
De que a penetrar llegase
El sentido de su frase,
A añadir se apresuró:
LOSADA.


Dios cuna, hogar y familia
Me dio en este continente;
Intereses tengo y gente
Que en él dependen de mí:
Dios me prohíbe de Europa
Salir: aquí está mi cuna,
Mi familia y mi fortuna:
Mi tumba ha de abrirse aquí.
LUZ.


¡Moriremos separados!
LOSADA.


¿Quién sabe?
LUZ.


Sí: ya está escrito
Mi sino; yo necesito
Mi luz y mi aire natal.
En el paquete de Octubre
Volveremos a la Habana;
Yo, cual la palma cubana,
Vegeto al sol tropical.
LOSADA.


Mas vale, Luz, no hablar de eso;
Mas como ha de ser preciso,
Luz, que sea el paraíso
El sitio dó vayáis vos,
Solamente os recomiendo
Que me tengáis en memoria
Dó quier que esté vuestra gloria.
LUZ.


Siempre: no permita Dios
Que yo jamás os olvide;
A más que imposible fuera
Aunque yo misma quisiera.
LOSADA.


¿Por qué?
LUZ.


Porque siempre va
Conmigo quien hora a hora
A mi memoria os recuerda;
No hay miedo de que yo pierda
Vuestro recuerdo: aquí está.

Dijo: y sacando del seno
La repetición colgada
De su cadena, a Losada
Risueña Luz, la mostró.
Él, de su mano tomándola,
Con su reló confrontándola
Y exacta con él hallándola,
Dio un suspiro y continuó:
LOSADA.


¿Marcha bien?
LUZ.


Con los cronómetros
Un minuto no discrepa.

LOSADA.



¿Nunca varió?
LUZ.


Que yo sepa
Nunca.
LOSADA.


¿Jamás le faltó
Cuerda?
Luz.


Jamás; por el día
La llevo siempre en el pecho:
De noche, al cerrar mi lecho,
Cuido de dársela yo.
Porque muy supersticiosa
Soy, y a veces imagino
Que va unido mi destino
Con vuestra repetición.
Mientras su volante siento
De mi corazón encima,
Que su movimiento anima
Creo el de mi corazón.
LOSADA.


¿La estimáis mucho?
LUZ.


Por ella
Y por vos; es una prenda
De la cual solo haré ofrenda
A mi marido o a Dios.
Mis días conté por ella;
Dó quier que Dios tumba me abra… —


Aquí de Luz la palabra
Cortó un acceso de tos.

Y ya cuando al caer la noche
O al rayar la luz del día
La desdichada tosía,
Quedaba en cansacio tal
Sumida, que era preciso
Darla un punto de reposo:
El punto más peligroso
De las crisis de su mal.

Y ella sola lo ignoraba:
En uno de esos instantes,
Síntomas más alarmantes
Debían aparecer;
Por cuya razón Losada
Y el doctor, que lo sabían,
A darla ausilio acudían
Cuando la oían toser.

Don Luis y el doctor entraron
Al cuarto en que con Losada
Estaba Luz: mas, pasada
La tos, repuesta otra vez
La hallaron; solo tenía
Del esfuerzo que había hecho,
Un poco agitado el pecho
Y un poco roja la tez.



miércoles, 13 de enero de 2016

14.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. ENTRE CAPÍTULOS.

Continuamos ofreciendo la obra de Zorrilla "Una Repetición de Losada"

Entre capítulos. Digresión loca de un poeta cuerdo

Todo esto es ¡oh lector amabilísimo!
Triste hasta reventar, lastimosísimo,
Lúgubre hasta los tuétanos sin duda;
Y si el Dios de Israel piadosísimo
A los dos a la par no nos ayuda,
Para escribir y leer esta obra mía,
(Sea dicho inter nos en paz y en calma)
Este va a ser un cuento pesadísimo,
Capaz de hacer dormir al medio día,
Y de secarnos a los dos el alma.
Mas como le llamé cuento fantástico,
Y en esto que se llama fantasía
Una de las mas locas es la mía,
En su poder omnímodo y elástico
Puede muy bien meter mi poesía
Lo mesurado al par con lo sarcástico,
A par con lo científico lo empírico,
Y el libelo mordaz, acre y satírico
A par del panegírico encomiástico.
Y como según voy llegando a viejo
Los estudios más serios más me aburren,
Y como no tengo hecho ningún pacto
Ni de estar serio, ni de ser esacto
Hasta que dé a la tierra mi pellejo,
Aquí mi narración cortada dejo,
Aunque luego mis críticos me zurren,
Para hacer a manera de entreacto
Algunas reflexiones que me ocurren.

Me ocurre, pues, que en esta historia mía
No es, lector, lo más triste todavía
Que el cuento sea triste; lo más triste
Y lo que más en él se me resiste,
Es el género atroz de poesía,
Este género negro, alemanisco,
Como el cielo de Hamburgo nebuloso,
Como de origen montañés arisco,
Que cultivamos hoy los que escribimos
En un país risueño y delicioso
Y en el alegre siglo en que vivimos.
Hace ya algunos años
Que los poetas melenudos dimos
En lamentar los negros desengaños,
Las penas, decepción, adversidades
Y otras noventa mil calamidades
Que, a decir la verdad, jamás sufrimos;
Y entonces en estilo gemebundo,
Con aquellas sombrías necedades
Apestamos al fin a todo el mundo.
Pasó aquella epidemia de miserias:
Mas como fuimos siempre enciclopédicos
Los poetas, entramos en materias
Mas graves, mas científicas, mas serias,
Y hoy somos anatómicos y médicos.
Nos dimos a estudiar el magnetismo,
A la magia, a la ciencia cabalística
De la adivinación y al mesmerismo;
Y con vena estrambótica, humorística,
Atropellando a veces la gramática,
Fuimos a dar en la visión estática
Y en el espiritual somnambulismo;
Y logramos crear en prosa y verso
Una literatura aereostática,
Y somnambulizar al universo.
Y sino ahí están Bálsamo y Lorenza
Con Gilberto y Andrea, con los cuales
Partiendo un mismo asunto en tres ramales
El buen papá Dumás hizo una trenza.

Aquel género atroz, patibulario,
Que murió en Buridan y la Lucrecia,
Y que poco hoy nuestra inconstancia aprecia,
Era al menos a veces divertido,
Vestido al par de máscara y sudario;
Porque con tanto salto y peripecia
El atroz espectáculo era vario.
Allí en medio de un drama funerario
Podía aparecer algún bandido,
(Fuese de sociedad o de montaña,)
Que rezara el rosario
Y cantara la caña:
Y después de uno que otro sacrilegio
Venial, como ir con oro o con lisonja
A ganar la portera de un colegio
Y a robarse del claustro alguna monja,
O envenenar en un convite regio
A su madre con un enjuagatorio,
En un vaso de agraz o una toronja,
Como Sancho García y Juan Tenorio,
Ibase al fin el criminal muy serio
A encerrar santamente a un monasterio;
Si Dios no le llevaba de los santos
Al escelso y divino consistorio,
En donde en medio de eternales cantos
Gozara su alma de eternal jolgorio.
La cosa era moral, y cuando menos
Al débil pecador daba la idea
De que piadoso Dios para sí crea
A los malos lo mismo que a los buenos.
Esto hicimos ayer, y todavía
Hay hoy quien lo haga por amor de escuela,
Y esto es lo que yo hacía
Y vogaba mi fama a toda vela;
Y aunque me dicen hoy que esto a mi nombre
Ha dado mucho brillo,
Nadie puede impedirme que me asombre,
Y de haber hecho tal me maravillo.

El género llorón y melancólico,
A lo menos en sí también tenía
La ventaja que el clásico bucólico:
Que cuando uno dormirse no podía,
Nuestros versos tristísimos cogía
Y pronto, a no impedírselo algún cólico,
Con nuestros tristes versos se dormía.
Aunque en verdad, lector, también es justo
Decir que los que el género estropean,
No son los que le inventan y le crean
Con mas o menos perfección y gusto:
Sino los que a través le manosean
Con parodias y plagios que dan susto.
Ahí está Campoamor con sus doloras,
Que no tienen de malo más que el nombre,
Y que son a mi ver encantadoras
Poesías, flexibles y sonoras
Y que puede firmarlas el más hombre.
Que él por estravagancía o por capricho
“Estas son mis doloras” haya dicho
Y haya Doloras hecho,
Fué una escentricidad, mas buen provecho;
Puesto que buenas son, sean doloras,
Y hágalas Campoamor a todas horas.
Pero que haya poetas mentecatos
Que se den y nos den tan malos ratos
Por escribir doloras insensatas,
Kásidas y africanas serenatas,
Sin haber comprendido el mecanismo
Oculto, la razón y el pensamiento
De unas composiciones tan galanas
Que Campoamor aun hoy guarda en sí mismo,
Y sin saber el cristus del lenguage.
Del origen, las reglas ni el intento
Con los que yo mis serenatas traje
De los adoares de África salvaje.
Es cosa que tal vez a algún amigo
De Campoamor y mío dé coraje.
Pero a mí, que jamás me he dado prisa
Para poner mis obras al abrigo
De estraños o rapaces reimpresores,
Ni del patrio turbión de imitadores,
En lugar de coraje me da risa.
Y cuando en libro alguno o en diario.
De nosotros amigo o enemigo,
Encuentro una rapsodia de un plagiario,
Leo, y al fin en mis adentros digo
Riendo: “este poeta perdulario,
“Si al escribir dolora y serenata
“Sobre esta literaria patarata,
“Lo que es dolora o serenata sabe,
“Que en la niña de un ojo me la clave.”
Lo cual quiere decir que no hay estilo
Ni género, sea inculto o cortesano,
Que no pueda tejerse con buen hilo.
Si cae en tejedor de buena mano:
Así como los géneros mejores
De impaciencia han de hacer sudar el quilo
En manos de plagiarios copiadores.
Pero este nuevo género sonámbulo
De Dumás, padre, hijo y compañía
En que estamos metidos hoy en día,
Necesita en verdad algún preámbulo,
Antes de entrar en lleno
Sin saludar a Nasse ni a Galeno,
En tal curso de amor y anatomía.
Sabrás, lector querido, que el que quiere
Puede morir de amor, como se muere
De mal de corazón y pulmonía;
Y tal es hoy la literaria crisis:
Para morir en dramas y en novelas,
En lugar de morir de paralísis,
De cáncer, zaratán, hidropesía
O de otras semejantes vagatelas,
Se mueren nuestros héroes de tísis.

No estrañara, lector, que sospecharas
Que estas estemporáneas reflexiones
Son hijas de las míseras pasiones
Que las almas pequeñas, hoy no raras,
Encierran en mezquinos corazones.
Ni estrañara tampoco que pensaras
Que me huelgo en roer reputaciones,
Y que las de Dumás, o padre o hijo,
De ver en voga y en favor me aflijo.
Yo sé la sociedad que el mundo puebla,
Que la murmuración es comidilla
Hoy sabrosa, y que aquí como en Castilla
La calumnia se estiende cual la niebla
De las grandes lagunas por la orilla;
Sé que calumnia no hay que en mejor cama
Caiga por donde quier, ni mejor pegue
Que la que en nombre cae de alguna fama,
Como al famoso la calumnia llegue.
Pensar mal es común; no es muy cristiano:
Pero en ciertos momentos
¿Quién puede refrenar sus pensamientos
Y más teniendo al prójimo a la mano?
Un pensamiento malo no respeta
Nada que sobre el vulgo sobresale,
Y en tal calamidad no hay quien iguale
A la mujer bonita y al poeta.
Así que, de mis actos y opiniones
Puedes juzgar, lector, como quisieres,
Pues para eso mi libro a leer te pones,
Para hablar de mí y de él como te cuadre;
Porque al cabo y al fin ni eres mi padre,
Ni responsable de mis actos eres.
Por eso al decir yo que viento en popa
Voga la tísis hoy y el mesmerismo,
No ha sido a nadie por tentar la ropa,
Pues la tierra en la faz me eché a mí mismo.
En voga está la tísis; es un hecho:
Lo consigno; está en voga el magnetismo,
Gracias al gran Dumás, que abrió su abismo:
Es otro hecho también: y en mi provecho
Al consignarlo, estoy en mi derecho.
Estos, son hechos: y aunque no es mi fuerte
Andar en literarias contumelias,
Deben bastar, lector, a convencerte
Los milagros de Bálsamo y la muerte
De la dama infeliz de las camelias.
Este es el gusto que al presente priva
Y en él es necesario que se escriba;
No hay otro medio ni moral ni físico
Para andar en favor como estar tísico.
Yo, pues, que como tanto rapsodista
Tengo a los otros que seguir la pista
Y al público ofrecer obras en masa,
Que parezcan cosecha de mi casa,
Y que, aunque no sean mías, sean buenas
Para el que no conozca las ajenas,
Arrastrar me he dejado por la moda;
Y siendo en planes de obras económico
Pescar las de los otros me acomoda;
Y como tengo puntas de anatómico,
Y soy un tanto cuanto terapéutico
Y un poco farmacéutico,
Me he procurado un caso de hemotísis
Para hacerte con él una leyenda
Que, si no te divierte, te sorprenda.
Conque, ¡oh lector! apecha con la crisis.
Estamos en un siglo de invenciones:
No todas son felices, y esta es una;
Mas mi pluma no sufre paralísis:
Hoy se encuentran las tísis en fortuna,
Y allá voy yo también con esta tísis.


13.- LO TENEMOS QUE CONSEGUIR

Petición que aparece publicada en el periódico digital ElCabreires.com

Una calle y una estatua para recordar al constructor del reloj de la Puerta del Sol

Con motivo del próximo 150 aniversario del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, solicitamos a su alcaldesa Manuela Carmena una calle y una estatua conmemorativa que recuerde al constructor que donó el reloj a la ciudad, el maestro relojero leonés José Rodríguez Losada.

Estimada Sra. Alcaldesa:
Nada en Madrid recuerda hoy al constructor de la puerta del sol, el leonés José Rodríguez Losada, relojero español conocido por haber donado al Ayuntamiento de Madrid el Reloj de Gobernación que preside la Puerta del Sol de Madrid (1866). De la fama y tesón de este leonés hay diversos poemas realizados y dedicados por su gran amigo José Zorrilla.
Su obra comprende uno de los modelos de reloj en que se especializó, las sabonetas, que alcanzaron fama internacional y teniendo entre sus clientes a la reina de España Isabel II. Una de ellas fue entregada como regalo al Almirante Méndez Núñez tras la batalla de El Callao (actualmente en el Museo Naval de Madrid). Durante su periodo de máximo esplendor aceptó la formación de españoles en su taller londinense y también ejerció como relojero jefe del Observatorio de San Fernando.
Entre sus creaciones estuvieron muchos modelos de cronómetro marino, imprescindibles para el cálculo de la longitud geográfica durante la navegación, pero su más conocida creación y regalo fue el reloj de la puerta del sol. En 1863 José Rodríguez Losada, decidió reunirse con las autoridades municipales de la época y se ofreció a donar gratuitamente un nuevo reloj más preciso que substituyera al viejo e impreciso reloj de Gobernación. Tardó tres años en construirlo y finalmente, el 19 de noviembre de 1866, el nuevo reloj fue inaugurado por Isabel II con motivo de su cumpleaños. La bola que descendía a mediodía hacía sonar un timbre, y dicho sonajero de mediodía se mantuvo hasta los años treinta. En 1928 se desprendió una de las pesas que traspasó el piso hasta llegar al despacho principal del Gobernador. El nuevo reloj ha funcionado perfectamente y con suficiente precisión hasta la actualidad, dando las campanadas de Fin de año. Cada año desde su colocación, unos 28 segundos antes de las doce de la noche del 31 de diciembre, la bola del reloj baja para anunciar que el año está a punto de terminar; luego suenan los cuatro cuartos y después las 12 campanadas. Cada campanada tiene una cadencia de tres segundos.
Sin embargo, ni una estatua, ni una placa lleva el nombre del creador del reloj con el que los españoles terminan y comienzan el año. Por ello, los ciudadanos de la comarca leonesa de Cabrera y los  firmantes de esta petición, la Asociación Cultural El Eco de Cabrera que edita el periódico ElCabreires.com, solicitamos al Ayuntamiento de Madrid la designación de una calle y una estatua conmemorativa que permita recordar el nombre de este ilustre mecánico relojero, José Rodríguez Losada, el Relojero Losada.

lunes, 4 de enero de 2016

12.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO CUARTO.

Continuamos ofreciendo los capítulos correspondientes a Una Repetición de Losada de José Zorrilla. Puede resultar un tanto aburrido ya que son casi tres mil versos los que dedica el poeta a Losada, pero aun corriendo el riesgo de resultar pesado, creo que debe saberse la importancia que el relojero Losada tenía para José Zorrilla y que debe conocerse la obra es su totalidad.

Será una llamada más a las autoridades madrileñas para que satisfagan la deuda con Losada y le dediquen ya una calle. Se la merece.


Capítulo cuarto. El canto del fénix.

O el buen doctor John Lees hombre muy ducho
Es en su facultad y sabe mucho,
O su ciencia va errada
Y de Luz en el mal no entiende nada.
La estación del estío
Va ya muy avanzada:
Dentro de un mes en Londres hará frío,
Y si Luz no mejora
Se mantiene en su ser y no empeora.
Con el carmín de la salud no brilla
La nacarina tez de su mejilla:
Mas Luz ni cuando sana
Salud y robustez allá en la Habana
Rebosaba, fue nunca muy subida
De color; porque Luz tuvo la vida
Siempre en su corazón reconcentrada:
Su sangre, al corazón siempre llamada,
Jamás hacia la piel fue repelida.
La hermosura de Luz no pertenece
A la beldad carnal y antipoética,
Cuya sangre en el cutis aparece
Y a quien la robustez sola embellece:
Esa muere o ahíta o apoplética;
Sino a esa otra hermosura que parece
Modelada en marfil, nácar o cera
Y cuya piel la sangre no enrojece.
Esa mujer ardiente y hechicera,
Toda vida, toda alma, que a sí misma
Se da calor vivífico y que abisma
Dentro del corazón su vida entera;
Esa muere de tisis o aneurisma.
John Lees preparó a Luz una bebida
Que toma a cucharadas, y con ella
Si su faz decaída
La salud juvenil aun no destella,
Luz no sufre, está alegre, está animada:
Aunque siempre está pálida, está bella;
Y si enferma está aún, no siente nada.
El doctor y Losada visitaron
A Luz el mes de mayo, día a día,
Y poco a poco entre los dos lograron
Disipar la sombría
Tenaz melancolía
Que en su oscuro aislamiento alimentaron
Luz y Don Luis. Entrambos se negaron
A buscar sociedad en casa ajena
Ni a admitirla en su casa:
Mas Losada y John Lees con poca pena
Les reunieron sociedad escasa
Y del doctor para el intento buena.
John Lees, cuyas estensas relaciones
Alcanzan del gran mundo a las regiones
Y al mundo de las ciencias y las artes,
Y Losada que en todas condiciones
Las suyas estendió por todas partes,
Fueron su casa abriendo a algunos hombres
A quienes recomiendan en Europa,
No el lujo de su empleo o de su ropa,
Sino el valor de sus famosos nombres.
De esos a quienes Dios desde su infancia
Infunde la conciencia
De su propio valer, y que importancia,
Al mérito que Dios les dio en herencia
No dan con hiperbólica jactancia;
Pero de esos que siempre sobre el mundo,
Con su genio vivífico y fecundo,
Conservan inmortal preponderancia.
De esos la sociedad apetecible
Es siempre y la amistad indestructible;
Porque, de ingenio y tolerancia llenos,
De alma leal y corazón sensible,
Para el amor y la amistad son buenos.
Entre ellos dos franceses escritores
De espiritual conversación amena,
Un egregio poeta cuya vena
No inspira con románticos horrores
Pesar y escepticismo, dos pintores
Célebres Italianos,
Y dos compositores alemanes,
Se hicieron sus asiduos tertulianos.
Muy pronto se empezaron a echar planes
Para hacer en tan dulce compañía
Agradables las horas
De la noche y del día:
Comenzaron a ser encantadoras
Las de Luz, de ilusión, de poesía
Y amor llenas: se hicieron escursiones,
Por la ciudad primero, visitando
Sus monumentos, parques y paseos,
Poco a poco alargando
Tales espediciones,
Conforme la ocasión y sus deseos.
Se llenaron los álbum de caprichos
Durante las soirées: se improvisaron
Con familiar deleite y entre dichos
Chispeantes de talento, que inundaron
Las almas de placer, ricas sonatas
Alemanas, canciones españolas,
Y aquellas venecianas serenatas
Y las napolitanas barcarolas,
Que cantan en la mar, a voces solas
O al son de un pobre y bárbaro instrumento
Solamente en sus playas conocido,
El gondolero pálido del Lido
Y el pescador de Amalfi y de Sorriento.
En cuya grata sociedad, risueña
Comenzó la hermosísima cubana
La existencia a mirar mas halagüeña
Y la hora de su muerte más lejana.
Luz tomó al fin un palco de proscenio
En la ópera italiana,
Dó con su sociedad, rica de ingenio,
Iba a pasar tres noches por semana:
Gozando al par la inspiración del genio
Creador del maestro, y el encanto
De la maestra perfección del canto.
El público a la vez y los actores
Fijaron su atención en la figura
De la mujer que, falta de colores,
Parecía una pálida escultura
De nácar, con dos ojos brilladores
Como diamantes negros brasileños,
A su palco entre blondas asomada,
Cual la imagen poética de la hada
Que impera en el alcázar de los sueños
De su alcázar de nubes estraída,
O cual visión de una alma desterrada
Que mora en los confines de la vida.
Poco a poco Lablache, Mario y la Alboni,
De uno en otro entreacto,
De boca de Ronconi
Que de su vida dio relato esacto,
Aprendieron quién era
Aquella palidísima habanera
Que, cubierta de blondas
Y a pesar del calor envuelta en pieles,
Ven salir de su palco cada noche
Cual Venus de la espuma de las ondas,
Para subir a su elegante coche
Seguida en pos de sus amigos fieles.
Pronto escitó la admiración de todos
Luz, y empezó a correr de boca en boca,
Contado y comentado de mil modos,
Cuanto a su nombre y su existencia toca.
Hicieron para serla presentados
Insistencia no poca
Los leones de todos los estados:
Mas Losada y John Lees se mantuvieron
Firmes y sus ataques resistieron;
Siguiendo la mansión de la Habanera
Vedada a inútil juventud ligera.
Permaneció en su círculo encerrada
Luz, y su sociedad privilegiada
Gozó, noche por noche y día a día,
La escasa y escogida compañía
Espresamente para Luz formada
Por el doctor John Lees y por Losada.
Luz estender su voluntad podia
Hasta donde el capricho la impulsara:
Con tal que la hermosísima habanera
Sus caprichos al orden sujetara,
El esceso menor no cometiera,
Y sobre todo, en fin, que no cantara.
El canto era la fruta prohibida
Del jardín de su vida;
Abandonar el canto o la existencia
De la mísera Luz era sentencia;
Cuya importancia nadie comprendía,
Al ver a la simpática habanera
Pálida sí mas viva y hechicera:
Pero sentencia irrevocable era
Que John Lees inflexible mantenía.
Permitido la estaba en el piano
Acompañar a Flávio, el noble Ibero
Que por este dejó su nombre Hispano,
De quien no hay quien se atreva
A negar la doble honra con que lleva
Flávio el tenor y Flávio el caballero,
Del teatro y del mundo el doble nombre:
Y a Enriqueta Sontag, que de condesa
Fué la fortuna por salvar de un hombre
A ofrecer sus talentos a una empresa;
Porque Enriqueta y Flávio, semejantes
En la doble existencia con que viven
De nobles a la par y de cantantes,
No solamente al público se exhiben
En la escena: los nobles les reciben
En sus salones hoy lo mismo que antes.
Y Luz, que por su raza y su riqueza
Humos aristocráticos tenía,
En el suyo a su vez les recibía.
Luz para distraerse en la tristeza
En que su mal a veces la sumía,
Podía ocupación a su cabeza
Para dar a sus manos de alabastro,
Volver las ojas y el difícil rastro
Seguir sobre el papel, de nota en nota,
A aquella ejecución mil veces rota
Por floréos y escalas imposibles
Para dedos y afanes
Que no sean de cuerpos alemanes,
Y en la cual los dos músicos germanos
Solían empeñarse a cuatro manos;
Mas eran con su mal incompatibles
Los acentos mas leves,
Los compases mas breves
Ejecutados con su voz; con eso
John Lees no transigía: era un mandato
Positivo y espreso,
La única condición de su contrato
Con Luz: en cuya cura aún esperaba,
Bien entendido, si jamás cantaba.
Y es lo cierto que Luz, con la bebida
Del buen doctor John Lees y sus cuidados,
Mantener parecía de su vida
Los hilos otra vez asegurados.
Luz se desesperaba
Alguna vez: mas el doctor la hacía
Notar que no cantando no tosía,
Y que si no tosía se curaba:
Y Luz se convencía y no cantaba.

Una noche (era la del quinto día
De agosto y ya la luna en su creciente
Como aro roto de metal lucía,
Alumbrando la tierra tibiamente)
En su cámara Luz estaba sola
Y no había llegado todavía
Su sociedad; abrióse de repente
La mampara y Losada presentóla
A Moriani, el tenor que mejor muere
Sobre la escena, y cuya voz más hiere
El alma con el tierno “¡madre mía!”
De Lucrezia. Moriani ya no canta
En la escena, mas queda todavía
Voz en el corazón y en la garganta
Del tenor de Stradella y de Lucía.
Luz no había alcanzado
A Moriani: do quier que había ido
Para oírle en Italia había llegado
Tarde, y el gran tenor había partido.
Losada, el cual con paternal cariño
Los antojos de Luz de cumplir cuida
(Y antojos hay de la mujer y el niño,
Que cumplidos por ser cuestan la vida)
Se dio por venturoso
En poderla cumplir aquel capricho;
Y de Luz el estado peligroso
Al tenor complaciente habiendo dicho,
Fueron los dos a la casita aislada
Dó está Luz a estinguirse condenada.

Para un alma de artista el arte es todo;
Luz y Moriani plática trabaron
Con el tono cortés y urbano modo
De la alta sociedad: pero se hartaron
Pronto de las vacías insulseces
Con que la sociedad aristocrática
Se aburre por decoro muchas veces.
Luz fue la que primero dio a la plática
Un giro familiar: de frase en frase
Fué la conversación, cual si viajase,
Llevando diestramente de Inglaterra
A Francia y luego a Italia; y era llano
Que una vez de la música en la tierra
Metidos, la cuestión concluiría
Por ir Luz a sentarse en el piano,
Y abrir ante Moriani la Lucía.
Moriani comprendió desde el instante
A qué Luz musical cantar debía,
Y quiso de ella sostener delante
Su gran reputación de buen cantante.
El nombre de Moriani vive unido
A tres piezas finales: de Stradella,
De Lucrezia y Lucía: y se revela
En lo que son las tres lo que él ha sido;
El tenor de mas hondo sentimiento
Que ha lanzado jamás su voz al viento.
Luz preludió unos rápidos compases,
Cual maestra los da para un maestro,
Y entró Moriani en las primeras frases
Con aquel entusiasmo y aquel estro
Poético elevado hasta el delirio,
Llevado al estertor de la agonía,
Que al alma que le escucha da martirio,
Que ataca al corazón y que convierte
En lamento mortal la melodía:
Por el cual le llamó la Italia entera
“El tenor de la muerte:”
Divisa de Moriani todavía.
Luz sintió de Moriani el entusiasmo
Introducirse en su alma,
Y sacudiendo el mórbido marasmo
Con que su mal la hundió en forzosa calma,
Con el alma siguió, no con la mano,
De Moriani la voz sobre el piano.
Y jamás el tenor cantó en la escena
Con mas inspiración ni mas ternura
Para una sala de entusiasmo llena,
Ni Luz acompañó con mas ventura
Su propio canto cuando estaba buena.
Ya Moriani callaba
Y de ambos la emoción se prolongaba
Más que la última nota de Lucía;
Después de seis minutos aun temblaba
Moriani, y Luz febril se estremecía.
MORIANI.


¿La señora no canta?
LUZ.


Ya no puedo.
MORIANI.


¡Es lástima!
LUZ.


El doctor me lo ha vedado.
MORIANI.


¡Lástima! un dúo hubiéramos probado.
Luz.


Lo probaremos.
LOSADA.


No.
LUZ.


Cantaré quedo.
LOSADA.


No, Luz: os va a hacer mal.
Luz.


Una vez sola
Poco mal puede hacerme.
LOSADA.


¡Yo os requiero
Por vuestra propia vida!
Luz.


Yo lo quiero.
LOSADA.


No.
Luz.


Sí.
LOSADA.


Sois muy tenaz.
Luz.


Soy Española.
Dijo Luz, y a Losada repeliendo
Sentóse en el piano:
Y en el atril otra ópera poniendo,
(Alma que más que la existencia aprecia
Su existencia en el arte
Y sin el arte su existir desprecia,)
Puso con gesto triunfador y ufano
Ante Moriani absorto la Lucrezia
Y en el teclado de marfil la mano.

Lanzóse Luz en el final brillante,
Gloria de Donizetti: arrebatado
Por Luz metióse el célebre cantante
En el dúo tras ella; y encantado
De su órgano vocal con el sonido,
Su espíritu sentía, avasallado,
De su garganta música arrancado
Para escuchar, pasársele al oído.
La voz de Luz, que se nutrió en su pecho
Sin ejercicio en su pulmón guardada,
Brotó encontrando el aposento estrecho
Para el vigor con que brotó inspirada;
Y al decir “era desso il figlio mio
Dio a su voz tal corage, tanto brío,
Que vencido el prosaico Losada
Se quedó con el alma embebecida
Oyendo aquella voz tan bien timbrada,
Sin ver que con la voz iba la vida,
Como con una hoz, a ser segada.
Mientras Luz derramaba por el viento
El magnético timbre de su acento,
Moriani, concluida ya su parte,
Cantar su aria final la oía atento
Con la atención hondísima del arte;
Y con su voz celeste é inspirada
Luz abría un Edén en su aposento
Al alma de Moriani y de Losada.

Era el canto del Fénix que en la cumbre
De la montana vé sin pesadumbre
Llegar su muerte: sus alientos mide,
Y del último sol que le da lumbre
Con su cantar postrero se despide.

Luz atacó con fé su última nota
Y la dio limpia y con vigor herida;
Mas, como fuente que el temblor agota,
El vigor de su voz secó su vida.
Tosió: de sangre cárdena una gota
A su boca brotó descolorida,
Y de sentido se plegó privada
En brazos de Moriani y de Losada.

“¡Miserable de mí! dijo éste al punto:
“Bien decia el doctor: la culpa es mía!”
Y pálido a su vez como un difunto
De Luz los broches con afán rompía;
Moriani arrodillado de ella junto
Trémulo de terror la sostenía:
Pero su turbación cuanto más crece
Su solícito afán más entorpece.

Sus vestidos al fin rasgó Losada,
Y del corsé al tirar de la ballena,
En el cuello de Luz, dos vueltas dada,
De su repetición vio la cadena:
La asió en la turbación que le enajena,
Y su repetición sacó colgada
De sus argollas de oro: Luz tenía
Su regalo en su seno, y su existencia
Por su infalible máquina medía.
Luz su repetición no había perdido,
Descompuesto, ni roto,
Durante el largo tiempo de su ausencia;
Y su tiempo por ella había medido
Siempre, leal de su amistad al voto.
Iba, pues, la hora estrema de su vida
Por su repetición a ser marcada:
Que era la idea atroz siempre temida
Por el alma aprensiva de Losada.
Quedó un instante el infeliz, sombrío,
Su reló señalando con el dedo
Y a sí mismo diciéndose: “¡es el mío!”
Y en su esencia vital sintió del miedo
De la superstición correr el frío.

Entretanto a la vida no volvía
Luz: Losada embargado continuaba
Por su superstición: lo cual miraba
Moriani, que la escena contemplaba
Sin poder comprender lo que veía.
En esto en la antesala de repente
Voces se oyeron y rumor de gente:
Abrióse la mampara
Y el doctor y Don Luis, que se encontraron
Con Losada y Moriani cara a cara,
Un grito, viendo a Luz, al par lanzaron.
No osó ninguno en el primer instante
Dar ni pedir esplicacion del hecho:
Mas Don Luis dando un paso hacia adelante
Dijo, de lo mas hondo de su pecho
Arrancando la voz: “¡Luz ha cantado!
—“Y se ha suicidado!
Dijo el doctor:—llevémosla a su lecho.”
D. LUIS.


¡Dios mío! ¿qué decís? ¿muerta está acaso?
EL DR.


No: mas debo decirlo en mi conciencia;
De su estado a la muerte hay solo un paso:
Luz cuenta por minutos su existencia.
D. Luis.


¿No hay remedio, doctor?
EL DR.


Era sentencia
De Dios; yo se lo había revelado:
No cantar, o morir.
TODOS.


¡Luz ha cantado!

Era el canto del Fénix que decide
Morir su fin cantando, y en la cumbre
Del monte secular donde reside,
Del postrimero sol que le da lumbre
Con su cantar postrero se despide.