viernes, 5 de febrero de 2016

22.- REFLEXIONES POR ESCRITO

Hace algunos años intenté localizar esta obra que acabo de ofreceros y solamente se podía acceder a ella en una biblioteca de la Habana y en otra biblioteca de Estados Unidos. Gracias a Internet ahora todos podemos conocer estos versos que Zorrilla dedicó a Losada. Y aunque la producción de Zorrilla fue muy extensa, grande debió de ser la amistad entre ambos para que le dedicara este bonito y fantástico cuento, la personalidad, la hombría, el saber estar, la bondad de Losada, debió de calar hondo en el poeta.

Y continuando en esta reflexión será mucho pedir que alguna institución pública o privada, asociación o grupo de amigos se preocupara de editar esta obra, sería un bonito homenaje a los dos: a José Zorrilla cuya obra "Una repetición de Losada" nunca se publicó en España y a Losada que aunque como dice la obra es un cuento fantástico habla mucho de la vida y obra del relojero de Iruela.

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Roberto Moreno con un reloj de Losada

Es el mayor coleccionista de piezas fabricadas por Losada, es el hombre que más sabe de la obra del relojero y el que ha realizado una investigación completísima sobre su producción en el libro "José Rodríguez de Losada Vida y Obra".

De este libro sacamos los siguientes párrafos:


...se trata de la obra de uno «los paisanos más ilustres de la España del siglo XIX...
La máquina de vapor fue entonces muy importante, pero que nuestros barcos supieran su situación era importantísimo y lo conseguían gracias al cronómetro marino, toda la Armada Española llevaba sus cronómetros.
... llegó a ser un cronometrista y relojero de prestigio en la capital británica, así como reconocido en España no hay duda. Despachó un total de 6.200 relojes de los que existe constancia,  con la famosa firma de J. R. Losada. Londres. «No sólo suministró cronómetros a la Marina Española, hay un cronómetro suyo en el Observatorio de Greenwich», indica Moreno quien no considera descabellado que Losada llegara a intervenir en la última fase de la construcción del Big Ben, como se conoce al reloj instalado en la torre de Westminster en Londres en honor a Benjamin Hall, político que promovió la reconstrucción del parlamento tras el incendio que sufrió en 1834.

Sirvan estos textos para valorar de nuevo a José Rodríguez de Losada, personaje que desde una humilde aldea de la Cabrera leonesa llegó a las más altas esferas industriales del siglo XIX.
Mi apuesta pues sería que el ayuntamiento de Madrid concretara ya esa calle prometida a Losada y que se publicara "Una repetición de Losada" de José Zorrilla. Después de 150 años de la donación del reloj de la Puerta del Sol ya toca.

¡Unámonos con Losada! 

¡El ayuntamiento de Madrid tiene pagar una deuda histórica con el famoso relojero!

jueves, 4 de febrero de 2016

21.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA.CAPÍTULO SEXTO III Y CONCLUSIÓN

CAPÍTULO SEXTO III.


Don Luis sin duda morirá demente
Si Dios no lo remedia:
Contra su mal la ciencia francamente
Se declaró impotente,
Por lo cual felizmente no le asedia
La docta facultad con sus ponzoñas,
Ni le atacan su mal por esos medios
Que entre las gentes sandias o bisoñas
Pueden solo pasar como remedios.
Más que loco Don Luis está alelado:
Cuando perdió el sentido
Fué, como un hombre por el rayo herido,
De facultad intelectual privado:
Dios no envió a su cerebro la locura
Sino que apagó en él la inteligencia.
Don Luis no tiene ni pesar ni goce:
Todo con la mayor indiferencia
Lo vé: nada recuerda, ni conoce
A nadie: ni repugna, ni apetece:
Llámanle y vá: le mandan, y obedece.

Las casas de dementes de Inglaterra
No ofrecen espectáculos de duelo,
De tormento y horror no son mansiones,
Nada en ellas repugna, nada aterra:
Castigo no se da sino consuelo
Al infeliz que cae en sus regiones.
Bedlam es un magnífico paseo,
Cuyas verdes y añosas alamedas
Conducen a una quinta de recreo
Cercada de jardines y arboledas.
Al que encierran allí falto de juicio,
En lugar de querérsele a porrazos
Volver y a latigazos,
Le inclinan la atención hacia un oficio:
Y en vez de dominarle por un pánico
Terror, van con destreza y artificio
Obligándole a entrar en ejercicio
De algún trabajo corporal, mecánico,
De su cuerpo y su alma en beneficio.
Después que le acostumbran y habilitan
Siempre en acción para tener las manos,
La memoria y las fuerzas le ejercitan:
Le dan buen aire y alimentos sanos,
Sus manías le tuercen o le quitan
Con paciencia y constancia, y poco a poco
De la razón la vuelta facilitan
Ideas dando a su cerebro loco.
Y aciertan los Ingleses: nada tiene
Al hombre, cuerdo o loco, más contento
Que tener ocupado el pensamiento;
La ocupación asidua es ley de higiene;
Sus locos están, pues, entretenidos
Y con cosas alegres distraídos.
Bedlam tiene de locos una orquesta
Que en fiestas y saraos públicos tañe
Pero cuestión o relación es esta
De la que a los filántropos atañe
Disertar; mi misión es mas modesta,
No raya tan allá mi poesía;
Si entretiene no más, si no es molesta,
Por satisfecha asaz se da la mía;
Y como esta lectura a su fin toca,
Fuera extenderla más torpeza loca.

Era una tarde de Diciembre helada:
Había dado ya las seis y media
De Bedlam el reló, cuando Losada
Con el Doctor John Lees hizo su entrada
En el salón extenso, que promedia
Un ala del espléndido edificio
De la locura alzado en beneficio.
Allí los que no pone su demencia
Fuera de estado de guardar decoro,
De los que les dirigen en presencia
Fuerzan a la atención su inteligencia;
En tanto que el estrépito sonoro
De la orquesta en su afán les acompaña,
Y atrae su distracción si no la engaña.
Y es curioso de ver como en tan grave
Reunión cada cual cumple su oficio,
Cuando a ninguno de ellos en el juicio
De lo que haciendo está razón le cabe.

Don Luis, cuya manía
No ha podido fijarse todavía
Y que nada exterior comprender sabe,
Es dueño de andar libre y de ir ocioso
Por donde más le place noche y día,
Para ver si de hastiado o de curioso
En algo con placer su atención fija,
Y si algo encuentra en que ocuparse elija,
O halla de los doctores la destreza
En una inclinación una rendija
Por donde entre la luz en su cabeza.
Cuando Losada entró, Don Luis estaba
Vueltas de dar por el salón cansado,
En un rincón sentado,
Mirando sin saber lo que miraba,
Contemplándolo todo indiferente,
De cuanto tiene en torno enajenado
Y mirando, sin ver, maquinalmente.
A su lado se puso
Losada a contemplarle enternecido:
Él, en su mudo arrobamiento iluso,
No dio señal de haberle conocido
Y en su honda estupidez siguió sumido.
El doctor puso de Don Luis delante
Un velador: Losada de debajo
De su gabán su caja, cuyo efecto
Para probar sobre el demente trajo,
Sacó y la puso ante él; de luz brillante
La inundó con el gas porque la viese:
Se la abrió poco a poco, circunspecto
La impresión precaviendo que pudiese
Hacerle el ver a Luz y que el afecto
Del corazón tal vista removiese.
Don Luis continuó inmóvil: ni de aspecto
Cambió viendo de Luz la miniatura,
Ni mostró conocer de su semblante
La representación en la pintura;
Miró aquellos objetos distraído
Y sin fijarse en ellos y fue todo
Con él inútil: su mirada errante
No se pudo atraer: no había modo
De fijar su atención un solo instante.
Un minuto faltaba solamente
Para las siete ya: Lees, prevenido
Habiendo al director, dio de repente
La señal en que habían convenido,
Y cesó de repente todo ruido
Y en torno de ellos se agolpó la gente.
Lees se sentó junto a Don Luis: Losada
Permaneció de pie, de ambos en frente,
Teniendo ante él la caja colocada
Del velador encima y de manera
Que todo el mundo con Don Luis la viera:
Y en esta situación, viendo excitada
La universal curiosidad, ansioso
Esperó a que las siete el reló diera.
Saltó la balancilla de reposo
Del muelle retentor: la hora entera
Dio la repetición: doblaron broncas
Las campanas a muerto: oyóse el coro
Que con las trompas de sus bajos roncas
Guía en sordina el órgano insonoro:
Corrió la muerte su crespón de luto
Sobre el rostro de Luz, y su esqueleto
En su lugar quedó: todo sin fruto:
Ante todo Don Luis se estuvo quieto.
Mas al oír el lúgubre gemido
De Luz, asió la caja de repente
Y diciéndole en cólera encendido:
“¡Miserable juglar, tú la mataste!
“Muere, pues, por la voz que la robaste!”
A Losada cogió desprevenido,
Y con la caja le asestó derecho,
Con las hercúleas fuerzas de un demente,
Golpe mortal en la mitad del pecho.
Cayó hacia atrás Losada: y con la frente
Bañada de sudor, abrió los ojos,
Miró en redor y se encontró en su lecho.
¡Del sueño cuanto vio fueron antojos!

Conclusión.

Y este afanoso sueño rechazando,
Dijo un día Losada despertando:

“¡Válgame Dios! ¡qué historia tan horrenda!
“¡Gracias que no fue más que pesadilla!
“Mas tengo de contársela a Zorrilla
“Para que de ella escriba una leyenda.”

Y Zorrilla, en memoria de Losada,
La leyenda escribió por él soñada.

martes, 2 de febrero de 2016

20.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA.CAPÍTULO SEXTO II

Capítulo sexto II.

Sobre un aparador de palo-rosa
Mostró a John Lees Losada,
Una caja de sándalo olorosa
De incrustaciones de marfil orlada
Y con un velo de crespón tapada.
Su tamaño sería
De media vara en cuadro,
Y apretando se abría
Un botón que a su tapa se veía
Pasar desde una faz por un taladro.
El conductor del gas que el cuarto alumbra
Prendió y puso Losada de manera
Que de lleno en la caja su luz diera:
Que es como a colocársele acostumbra
Cuando un reló, que con afán se espera
Y para el cual el día no ha bastado,
Por la noche a montar se ve obligado.
Quedó la caja misteriosa entera
Por el gas alumbrada por encima,
Mientras John Lees para que se abra espera
A que Losada su botón oprima.
Lees sin trabajo adivinó al instante
Que en la caja un reló se contenía,
Porque el rumor medido de un volante
Sonar adentro y a compás se oía:
Mas, como Inglés, inmóvil no mostraba
Curiosidad alguna ni impaciencia,
Mientras en excitárselas gozaba
Con gran placer el hombre de la ciencia.
Este apretó el botón: saltó la tapa:
Y al percibir lo que su tabla cubre,
Con un ¡oh! que del pecho se le escapa
El buen Inglés su admiración descubre;
Y es digno a fe de admiración tan franca
Lo que al doctor su exclamacion arranca.

Es un paisaje de marfil como esos
Que nos vienen en cajas de la China,
Y que el saber de Europa no imagina
Cómo pueden llevar hasta allá ilesos
En su fragilidad tan peregrina.
Aquel paisaje ebúrneo representa
Gótica catedral por su fachada
Principal: en su pórtico se ostenta
La preciosa labor filigranada,
Graciosa y complicada,
Con que el gótico estilo se ornamenta.
Sus estatuetas mil, sus mil pilares
Rematados en dobles capiteles,
Sus ligeros y arqueados botareles
Construidos al aire: sus dispares
Torrecillas y esbeltos chapiteles
Calados: las guirnaldas y festones
De frisos, arquitraves y repisas,
De mascarones, arcos y cornisas,
Vidrieras y estrellados rosetones,
Todo está con primor de alto relieve
Hecho, mas todo al aire, todo leve
Cual la espuma que el mar alza en sus ondas,
Cual del oriente el matinal celage,
Cual los pliegues flotantes de las blondas
De una mantilla de Flamenco encaje.
De aquella catedral en el labrado
Muro, que representa el diestro lado
De la sagrada nave,
Hay una fuente en nácar esculpida,
Extremada en adornos cuanto cabe
En obra por mortales concebida.

El dibujo sutil de aquella fuente,
Que forman solamente
Un caño abierto en la pared, que mana,
Y una cóncava taza, recipiente
Del líquido sonoro y transparente
Es de un gusto ideal y de galana
Ejecución: entre un festón de flores
Microscópicas de oro hechas de esmalte
Verde, morado, azul, carmín y grana
Para que la orla en el marfil resalte
Copiando de sus hojas los colores,
El frontis de la fuente que murmura
Un primoroso medallón decora,
Que encierra una preciosa miniatura
Cuya vista los ojos enamora;
Concluida y suavísima pintura
En cuya carnación no se percibe
La huella del pincel ni de la mano,
Y que parece que respira y vive
Y que interior vitalidad recibe
De un genio por el soplo soberano.
Y esta bella y valiosa miniatura,
De una guirnalda de oro guarnecida
Y en la fuente de nácar embutida,
Es la imagen perfecta y hechicera,
Es el retrato fiel de la hermosura
De Luz, la melancólica habanera.
Cuando en su fresca juventud florida
En Cuba luz de los salones era.
Bajo ella el agua de la fuente corre
Pintando la corriente de su vida
Por manantial oculto mantenida:
Y de la Iglesia gótica en la torre,
Sobre el calado pórtico elevada
De aquella ebúrnea catedral, presenta
Su rubia esfera de oro esmerilada
Dentro del rosetón la cincelada
Repetición que, para hacer la cuenta
De sus horas de afán, dio a Luz Losada.
Y es cuadro a fe de ejecución perfecto,
Feliz idea y oportuno efecto:
Porque el agua borbota cristalina,
El minutero del reló camina,
Todo en torno de Luz vive y se mueve,
Y que moverse Luz y vivir debe
Quien contempla su imagen imagina.
No era, empero, el paisaje todavía
Lo más curioso que en el cuadro había;
Aunque precioso el exterior sin duda,
Es nada más decoración que emplea
Losada como campo de su idea,
Y que su idea a realizar le ayuda.
John Lees lo contemplaba con asombro
Y Losada tras él se sonreía
Mirando por encima de su hombro,
Y aguardando tras él que el reló diera.
Tocó la aguja negra de las horas
En el número siete de la esfera:
Se oyó saltar el pasador ligero
Del muelle retentor: el minutero
Llegó a las doce, y dieron con sonoras
Notas los martilletes por entero
Las siete de la noche: todavía
Retumbaba en el aire el son postrero
De su postrero golpe, cuando lentas
A voltear comenzaron las campanas
De oro del chapitel: y en lejanía
La tembladora vibración del hierro
Imitando, empezaron las cristianas
Campanadas que anuncian un entierro
A doblar en la atmósfera; entretanto
Dentro del templo resonar se oía
Del sordo de profundis en el coro
La triste Gregoriana salmodía,
Cuyo fúnebre canto
Con la sordina cóncava seguía
De sus bajos el órgano insonoro.
Cesó todo sonido de repente:
Se abrió la torre de marfil crujiendo
Y desde ella sus alas extendiendo
La Muerte se lanzó, sobre la fuente,
El retrato y el templo lentamente
Un velo negro de crespón tendiendo;
Quedando en vez del templo y la pintura
Un cementerio frío y solitario,
Y de contemplación por solo objeto,
Sentado en una aislada sepultura,
De la desnuda muerte el esqueleto
Mal envuelto en los pliegues de un sudario.

El efecto del cuadro era completo:
Mas faltaba lo más extraordinario.
Del centro de aquel túmulo, el oído
Y el corazón llenando de pavura,
Salió hondo y tristísimo gemido
Que abrió a su son la eternidad oscura.
Era el gemido lúgubre y profundo,
Era la temerosa, última queja
De un alma triste de mujer, que deja
Su amante corazón muerto en el mundo
Y de su muerto corazón se aleja.
Era el último ¡ay! que oyó Losada
Lanzar del pecho a Luz cuando a la fría
Impresión de la ráfaga moría:
Cuya impresión mortal él todavía
Siente en su corazón como una espada.
El en su corazón conserva impresa
La triste voz de Luz en su agonía,
Y así lo fiel de su memoria expresa
En aquella obra de arte, monumento
Que a Luz Losada consagrado había:
Ofrenda del dolor y del talento.

LOSADA.


¿Qué tal?
LEES.


Tal haber visto no me acuerdo
Jamás. ¡Ingeniosísimo artificio
Y de Luz sentidísimo recuerdo!
LOSADA.


¿Creéis que podrá a Don Luis volver el juicio
Su posesión?
LEES.


Dios le hizo un beneficio
Quitándosele, y creo que no es cuerdo
Ir contra Dios por ciencia ni por vicio.
LOSADA.


Probémoslo. ¿Queréis?
LEES.


De buena gana:
Mas creo que ha de ser empresa vana.
LOSADA.


¿No tenéis esperanza?
LEES.


Ni un resquicio:
Mas lo hemos de intentar.
LOSADA.


¿Cuándo?
LEES.


Mañana.

Apagaron el gas, y el cuarto estrecho
Dejaron a la luz de una bujía;
Y absorto Lees, Losada satisfecho,
Se fueron el artífice a su lecho,
Lees a ver los enfermos que tenía.