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lunes, 9 de mayo de 2016

30.- ALGUNOS DE SUS RELOJES DE TORRE

EL RELOJ DEL AYUNTAMIENTO DE SEVILLA

El originario  reloj oficial del Ayuntamiento de Sevilla, está hoy en la fachada la Iglesia de la Concepción de Nervión de la misma ciudad, es un reloj construido en Londres por José Rodríguez de Losada el mismo que construyó el reloj de la madrileña Puerta del Sol, es decir son "relojísticamente" hermanos .
Fue inaugurado en 1862 . En 1870 se construyo el un castillejo y templete metálico. Fue sustituido en 1929 por la actual espadaña.
En 1955 el Ayuntamiento adquiere uno nuevo  y se aprueba el traslado del mismo hacia la Iglesia de la Concepción .

Información obtenida de JULIO DOMINGUEZ ARJONA
31 de Diciembre  de 2011
 
Iglesia de la Concepción


EL RELOJ DE LA CATEDRAL DE MÁLAGA

Fue un regalo de don Juan Larios Herreros  a la catedral, y aunque su muerte en 1867 impidió ver su donación culminada, esta la continuó su hijo don Juan Larios y Enríquez.
Información en el Diario Mercantil nº 8243 de 19 de abril de 1868. Siendo un regalo tan valioso  iba a tener tres esferas trasparentes para poderse iluminar, pero esto no puede llevarse a cabo por no poder vaciarse los espacios para colocar estas están compuestos de sillares corridos y el ahuecarlos pudiera afectar a la solidez del edificio.
El mismo Diario Mercantil alude a que es una lástima que un reloj de Losada “el mejor relojero del mundo” quede reducido a una sola esfera...

Rubén Darío escribió:

“Málaga es la ciudad de los Larios”
¿ Y la Catedral?¿ También será de ellos?
La Catedral, ¡No!, pero el reloj de la Catedral sí”

Información obtenida de María Victoria Campos-Rojas
14 de agosto de 2015

(Este reloj fue anterior al que está ahora en la catedral) Ahora se expone en una de sus salas con la siguiente placa:



POR LEGADO QUE EL S.R DN JUAN LARIOS Y HERREROS/ HIZO A ESTA STA
IGLESIA CATEDRAL DE UN RELOJ SE CONSTRUYÓ ESTE POR / INDICACIÓN
DEL FINADO Y ORDEN DE SU HIJO EL EXCMO. SR DN JUAN LARIOS Y /
ENRÍQUEZ, MARQUES DE VALLE UMBROSO POR EL RELOJERO ESPAÑOL SR /
DN JOSÉ RODRÍGUEZ DE LOSADA EN LONDRES AÑO DE 1856. /
CORRESPONDEN A ESTE RELOJ Y SON COMPLEMENTO DEL MISMO LAS CAMPANAS SN JUAN BAUTISTA, STA MARÍA GRIMANESA Y / STA MARÍA DEL
CARMEN 

EL RELOJ DEL COLEGIO NAVAL DE SAN FERNANDO. CÁDIZ

Este reloj constituyó uno de los regalos que realizó el relojero a la Marina con la intención que esta los dedicara al observatorio. No obstante para dejar a las Autoridades de la Marina libertad de decisión en cuanto al destino de las piezas que regalaba, hizo que este reloj lo enviase incompleto (solo armazón y rodajes), a la espera de conocer el emplazamiento que se decidiera para construir lo que faltaba.
  

Carta auténtica de Losada con su firma
Dice así:
Lo que V. Llama obsequio, no es así, sino que he querido dar una prueba a nuestra Ylustre Marina de mi agradecimiento de lo que debo a ella y a sus principales Gefes que me han favorecido hasta de Lejanas tierras y si obsequio se puede llamar ha sido ami por haber aceptado y colocado en los establecimientos cosas tan insignificantes como he mandado y pienso mandar para que esta tenga recuerdos de un Español a quien las combulsiones políticas de su Patria arrojó a Buscar un asilo en el Extranjero.

EL RELOJ DEL ANTIGUO MINISTERIO DE FOMENTO

Es la pieza más antigua, lo fabricó Losada con el número 1857, (toda su producción estaba numerada), y su fabricación corresponde a los años 1851-1852.
Después del antiguo Ministerio de Fomento el reloj estuvo colocado en la Iglesia de la Santa Cruz de la Atocha de Madrid hasta hace pocos años.


Pieza del citado reloj, ahora desarmado

EL RELOJ DE LOS PP. ESCOLAPIOS DE GETAFE

Fabricado en 1866, la bancada es de hierro fundido en la que se lee:
J. R. LOSADA LONDON
Presenta cuatro esferas y dispone de tres campanas fundidas en bronce. En ellas figura la inscripción Maers & Staibank, Founders, London, 1866.

Escolapios de Getafe

EL RELOJ DE LA PUERTA DEL SOL. MADRID

El reloj de la Puerta del Sol, sin duda el más famoso de España, fue un regalo de Losada. Su instalación en lo alto de la Casa de Correos, que tuvo lugar en 1855, ha hecho que la arquitectura de este conocido edificio haya ido cambiando con el paso del tiempo, sólo por las variaciones que ha ido experimentando el aspecto de la torre en que se aloja el reloj.

 Su maquinaria es, sencillamente, una maravilla. Tiene sonería de horas y, lo que es más raro, de cuartos. Esto, que da lugar a tantas confusiones el día de Nochevieja y a atragantarse con las uvas, consiste en que cuando las agujas del reloj marcan una hora y cuarto suena un toque de dos campanadas, cuando da la hora y media suenan dos toques de dos campanadas cada uno, a la hora y tres cuartos, tres toques de dos campanadas, y, por fin, cuando se completa otra hora entera, suenan cuatro toques de dos campanadas cada uno y a continuación las campanadas de la nueva hora que, si son las doce, serán doce campanadas. Su autonomía de funcionamiento es de una semana. Cualquiera de sus piezas se puede desarmar sin tener que desmontar el reloj y su péndulo mide 3 metros.

Su característica tecnológica más sobresaliente es el tipo de escape que tiene. El escape es tal vez el sistema más importante de un reloj: consta de varias ruedas, la última de las cuales, llamada rueda de escape, es la más pequeña y mueve a las otras. Gira deprisa, con fuerza medida, impulsada por la energía que proviene de un muelle al que se comprime al dar hora al reloj y cuya descompresión origina la fuerza giratoria. Esta energía se convierte en un vaivén, gracias a un ancla, que se trasmite al péndulo. El péndulo de un reloj tarda normalmente un segundo en hacer su recorrido. En el reloj de la Puerta del Sol, tarda dos segundos.

El escape es de tipo Shelton. Consistente en un áncora acoplada a una rueda de escape especial en forma de jaula de 30 dientes que impide el retroceso de la rueda. El hecho de que no haya retroceso origina que un reloj sea de gran precisión, ya que si se produce un retroceso -esto se ve en la aguja del segundero-, el tiempo que dura se pierde. El reloj de la Puerta del Sol, gracias al avance continuo que le proporciona su maravilloso escape, sólo se retrasa cuatro segundos al mes.
Todas estas características le convierten en un reloj de torre sin igual en toda Europa. Es una pieza única.
Infomació obtenida de:
Técnicas y oficios: El reloj de la Puerta del Sol
Autor: Juan Ignacio Samperio Iturralde
Localización: La Aventura de la historia, ISSN 1579-427X, Nº. 98, 2006 , pags. 84-87

 
Navidad de 2015

viernes, 1 de abril de 2016

25.- EL RELOJ DE LA PUERTA DEL SOL. LUIS ALONSO LUENGO

                                                  
Foto Diario de León
Escritor, historiador y jurista español, Luis Alonso Luengo fue magistrado del Tribunal Supremo y también miembro de la Real Academia de la Historia. Fue muy destacada su labor como cronista de la comarca maragata y también del antiguo Reino de León, siendo autor de numerosos ensayos sobre Astorga.
                                                 
La obra que dedica a Losada fue un encargo de la Comunidad de Madrid, se publica en 1990 y en su presentación el Consejero de Cultura D. Ramón Espinar Gallego, creo que liándose un poco dice:
"Si trazamos una semejanza entre el sol y el reloj, y lo trasladamos al proyecto concreto del Relojero Losada, podemos afirmar: el reloj, que es sol, se encuentra en el centro de una plaza llamada "Puerta del Sol". A su vez, esta plaza, es centro geográfico de España. Así mismo, España será también en 1992, el centro de atención del mundo, debido a los grandes acontecimientos que se avecinan. Por eso, el Relojero Losada, un personaje del siglo XIX, siglo de grandes descubrimientos, resume la esperanza del hombre en progreso".

El Consejero en otro párrafo advierte "que esta obra pretende reflexionar sobre el tiempo, ese siglo XIX de los grandes descubrimientos y que sirva para este fin el esfuerzo del autor al realizar la amena y documentada biografía del constructor de un reloj, que desde 1866 da la hora a todos los españoles". Creemos que es más amena que documentada.
Después refiriéndose al reloj de la Puerta del sol:  "el cual más que su valor histórico-artístico o técnico posee un especial significado sentimental para los madrileños". 
Este último párrafo se lo podía haber ahorrado ya que José Rodríguez de Losada era el relojero de ese momento, el mejor del mundo  y sus más de 6000 piezas fabricadas, todavía lo siguen demostrando por su conservación y valor en las subastas.
En el siglo XIX los relojeros suizos y británicos se dedicaban a falsificar los relojes que un español hacía en Londres y a distribuirlos en el mercado español, de igual manera que ahora se falsifican y comercializan las mas prestigiosas marcas de relojes en el Chinatown neoyorquino. Se trataba de José Rodríguez Losada, autor del conocido reloj de torre de la Puerta del Sol madrileña.
Juan Ignacio Samperio Iturralde recuerda en este número la biografía y trayectoria de Losada, un militar que huyó de España por sus ideas liberales y se estableció en Londres, donde se convirtió en uno de los mejores relojeros del siglo XIX.

http://campaners.com/php/textos.php?text=3565

En cuanto a Alonso Luengo, novela la historia de Losada partiendo de algunos datos que José Zorrilla plasma en sus obras Recuerdos del Tiempo Viejo y Una Repetición de losada. Ya hemos visto lo que Zorrilla dice y Luengo  en este caso se ciñe bastante a estos datos. Donde ya se inventa la historia es en lo referente a los datos que según él aporta D. Matías. Luengo afirma que D. Matías acompaña a José a Iruela en un viaje que hace a España y en el que aprovecha para visitar su pueblo. Pero lo que D. Matías publica en su libro, también lo hemos visto, y en ningún caso reconoce que lo acompañe o que siquiera lo haya conocido. Es más cuando escribe, ya no vive Losada, había muerto 39 años antes y su relojería la regentan sus sobrinos: “la mejor relojería y la más relacionada con América, ha sido durante muchos años la de Losada (Regent Stret 105) donde aun se conserva acreditada por sus sobrinos los Sres. Riego y Losada”.


En ningún caso pretendo quitar el mérito que tiene Luengo por toda su obra y también por esta,  ya que fue el primero en preocuparse por nuestro personaje. Es a partir de esta publicación cuando se empiezan a alzar voces pidiendo a la ciudad de Madrid una calle para el Relojero, y comenzaron a aparecer artículos ensalzando la figura de José Rodríguez de Losada.  

lunes, 21 de marzo de 2016

24.- AHORA TOCA A CONCHA ESPINA CON SU ESFINGE MARAGATA

Esta obra se publica en 1914 y dice más o menos lo mismo que D. Matías, hablan de oídas y desde luego la vida de José Rodríguez de Losada dio que hablar en la comarca. Desde luego era un hecho insólito que un muchacho de la Cabrera profunda llegara a ser el mejor relojero de Europa y dueño de una importante empresa instalada nada menos que en Londres y es que estamos hablando de mitades del siglo XIX. José había huido de su tierra , sin formación, sin dinero, sin amigos, sin nada...
Grande debió de ser el revuelo que se formó cuando ya rico y poderoso regresó a su pueblo, siendo admirado en muchos kilómetros alrededor de la zona, no era fácil en aquellos años para un joven sin recursos ni formación emigrar tan lejos y regresar acaudalado.






viernes, 5 de febrero de 2016

22.- REFLEXIONES POR ESCRITO

Hace algunos años intenté localizar esta obra que acabo de ofreceros y solamente se podía acceder a ella en una biblioteca de la Habana y en otra biblioteca de Estados Unidos. Gracias a Internet ahora todos podemos conocer estos versos que Zorrilla dedicó a Losada. Y aunque la producción de Zorrilla fue muy extensa, grande debió de ser la amistad entre ambos para que le dedicara este bonito y fantástico cuento, la personalidad, la hombría, el saber estar, la bondad de Losada, debió de calar hondo en el poeta.

Y continuando en esta reflexión será mucho pedir que alguna institución pública o privada, asociación o grupo de amigos se preocupara de editar esta obra, sería un bonito homenaje a los dos: a José Zorrilla cuya obra "Una repetición de Losada" nunca se publicó en España y a Losada que aunque como dice la obra es un cuento fantástico habla mucho de la vida y obra del relojero de Iruela.

Imagen relacionada
Roberto Moreno con un reloj de Losada

Es el mayor coleccionista de piezas fabricadas por Losada, es el hombre que más sabe de la obra del relojero y el que ha realizado una investigación completísima sobre su producción en el libro "José Rodríguez de Losada Vida y Obra".

De este libro sacamos los siguientes párrafos:


...se trata de la obra de uno «los paisanos más ilustres de la España del siglo XIX...
La máquina de vapor fue entonces muy importante, pero que nuestros barcos supieran su situación era importantísimo y lo conseguían gracias al cronómetro marino, toda la Armada Española llevaba sus cronómetros.
... llegó a ser un cronometrista y relojero de prestigio en la capital británica, así como reconocido en España no hay duda. Despachó un total de 6.200 relojes de los que existe constancia,  con la famosa firma de J. R. Losada. Londres. «No sólo suministró cronómetros a la Marina Española, hay un cronómetro suyo en el Observatorio de Greenwich», indica Moreno quien no considera descabellado que Losada llegara a intervenir en la última fase de la construcción del Big Ben, como se conoce al reloj instalado en la torre de Westminster en Londres en honor a Benjamin Hall, político que promovió la reconstrucción del parlamento tras el incendio que sufrió en 1834.

Sirvan estos textos para valorar de nuevo a José Rodríguez de Losada, personaje que desde una humilde aldea de la Cabrera leonesa llegó a las más altas esferas industriales del siglo XIX.
Mi apuesta pues sería que el ayuntamiento de Madrid concretara ya esa calle prometida a Losada y que se publicara "Una repetición de Losada" de José Zorrilla. Después de 150 años de la donación del reloj de la Puerta del Sol ya toca.

¡Unámonos con Losada! 

¡El ayuntamiento de Madrid tiene pagar una deuda histórica con el famoso relojero!

miércoles, 13 de enero de 2016

13.- LO TENEMOS QUE CONSEGUIR

Petición que aparece publicada en el periódico digital ElCabreires.com

Una calle y una estatua para recordar al constructor del reloj de la Puerta del Sol

Con motivo del próximo 150 aniversario del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, solicitamos a su alcaldesa Manuela Carmena una calle y una estatua conmemorativa que recuerde al constructor que donó el reloj a la ciudad, el maestro relojero leonés José Rodríguez Losada.

Estimada Sra. Alcaldesa:
Nada en Madrid recuerda hoy al constructor de la puerta del sol, el leonés José Rodríguez Losada, relojero español conocido por haber donado al Ayuntamiento de Madrid el Reloj de Gobernación que preside la Puerta del Sol de Madrid (1866). De la fama y tesón de este leonés hay diversos poemas realizados y dedicados por su gran amigo José Zorrilla.
Su obra comprende uno de los modelos de reloj en que se especializó, las sabonetas, que alcanzaron fama internacional y teniendo entre sus clientes a la reina de España Isabel II. Una de ellas fue entregada como regalo al Almirante Méndez Núñez tras la batalla de El Callao (actualmente en el Museo Naval de Madrid). Durante su periodo de máximo esplendor aceptó la formación de españoles en su taller londinense y también ejerció como relojero jefe del Observatorio de San Fernando.
Entre sus creaciones estuvieron muchos modelos de cronómetro marino, imprescindibles para el cálculo de la longitud geográfica durante la navegación, pero su más conocida creación y regalo fue el reloj de la puerta del sol. En 1863 José Rodríguez Losada, decidió reunirse con las autoridades municipales de la época y se ofreció a donar gratuitamente un nuevo reloj más preciso que substituyera al viejo e impreciso reloj de Gobernación. Tardó tres años en construirlo y finalmente, el 19 de noviembre de 1866, el nuevo reloj fue inaugurado por Isabel II con motivo de su cumpleaños. La bola que descendía a mediodía hacía sonar un timbre, y dicho sonajero de mediodía se mantuvo hasta los años treinta. En 1928 se desprendió una de las pesas que traspasó el piso hasta llegar al despacho principal del Gobernador. El nuevo reloj ha funcionado perfectamente y con suficiente precisión hasta la actualidad, dando las campanadas de Fin de año. Cada año desde su colocación, unos 28 segundos antes de las doce de la noche del 31 de diciembre, la bola del reloj baja para anunciar que el año está a punto de terminar; luego suenan los cuatro cuartos y después las 12 campanadas. Cada campanada tiene una cadencia de tres segundos.
Sin embargo, ni una estatua, ni una placa lleva el nombre del creador del reloj con el que los españoles terminan y comienzan el año. Por ello, los ciudadanos de la comarca leonesa de Cabrera y los  firmantes de esta petición, la Asociación Cultural El Eco de Cabrera que edita el periódico ElCabreires.com, solicitamos al Ayuntamiento de Madrid la designación de una calle y una estatua conmemorativa que permita recordar el nombre de este ilustre mecánico relojero, José Rodríguez Losada, el Relojero Losada.

lunes, 4 de enero de 2016

12.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO CUARTO.

Continuamos ofreciendo los capítulos correspondientes a Una Repetición de Losada de José Zorrilla. Puede resultar un tanto aburrido ya que son casi tres mil versos los que dedica el poeta a Losada, pero aun corriendo el riesgo de resultar pesado, creo que debe saberse la importancia que el relojero Losada tenía para José Zorrilla y que debe conocerse la obra es su totalidad.

Será una llamada más a las autoridades madrileñas para que satisfagan la deuda con Losada y le dediquen ya una calle. Se la merece.


Capítulo cuarto. El canto del fénix.

O el buen doctor John Lees hombre muy ducho
Es en su facultad y sabe mucho,
O su ciencia va errada
Y de Luz en el mal no entiende nada.
La estación del estío
Va ya muy avanzada:
Dentro de un mes en Londres hará frío,
Y si Luz no mejora
Se mantiene en su ser y no empeora.
Con el carmín de la salud no brilla
La nacarina tez de su mejilla:
Mas Luz ni cuando sana
Salud y robustez allá en la Habana
Rebosaba, fue nunca muy subida
De color; porque Luz tuvo la vida
Siempre en su corazón reconcentrada:
Su sangre, al corazón siempre llamada,
Jamás hacia la piel fue repelida.
La hermosura de Luz no pertenece
A la beldad carnal y antipoética,
Cuya sangre en el cutis aparece
Y a quien la robustez sola embellece:
Esa muere o ahíta o apoplética;
Sino a esa otra hermosura que parece
Modelada en marfil, nácar o cera
Y cuya piel la sangre no enrojece.
Esa mujer ardiente y hechicera,
Toda vida, toda alma, que a sí misma
Se da calor vivífico y que abisma
Dentro del corazón su vida entera;
Esa muere de tisis o aneurisma.
John Lees preparó a Luz una bebida
Que toma a cucharadas, y con ella
Si su faz decaída
La salud juvenil aun no destella,
Luz no sufre, está alegre, está animada:
Aunque siempre está pálida, está bella;
Y si enferma está aún, no siente nada.
El doctor y Losada visitaron
A Luz el mes de mayo, día a día,
Y poco a poco entre los dos lograron
Disipar la sombría
Tenaz melancolía
Que en su oscuro aislamiento alimentaron
Luz y Don Luis. Entrambos se negaron
A buscar sociedad en casa ajena
Ni a admitirla en su casa:
Mas Losada y John Lees con poca pena
Les reunieron sociedad escasa
Y del doctor para el intento buena.
John Lees, cuyas estensas relaciones
Alcanzan del gran mundo a las regiones
Y al mundo de las ciencias y las artes,
Y Losada que en todas condiciones
Las suyas estendió por todas partes,
Fueron su casa abriendo a algunos hombres
A quienes recomiendan en Europa,
No el lujo de su empleo o de su ropa,
Sino el valor de sus famosos nombres.
De esos a quienes Dios desde su infancia
Infunde la conciencia
De su propio valer, y que importancia,
Al mérito que Dios les dio en herencia
No dan con hiperbólica jactancia;
Pero de esos que siempre sobre el mundo,
Con su genio vivífico y fecundo,
Conservan inmortal preponderancia.
De esos la sociedad apetecible
Es siempre y la amistad indestructible;
Porque, de ingenio y tolerancia llenos,
De alma leal y corazón sensible,
Para el amor y la amistad son buenos.
Entre ellos dos franceses escritores
De espiritual conversación amena,
Un egregio poeta cuya vena
No inspira con románticos horrores
Pesar y escepticismo, dos pintores
Célebres Italianos,
Y dos compositores alemanes,
Se hicieron sus asiduos tertulianos.
Muy pronto se empezaron a echar planes
Para hacer en tan dulce compañía
Agradables las horas
De la noche y del día:
Comenzaron a ser encantadoras
Las de Luz, de ilusión, de poesía
Y amor llenas: se hicieron escursiones,
Por la ciudad primero, visitando
Sus monumentos, parques y paseos,
Poco a poco alargando
Tales espediciones,
Conforme la ocasión y sus deseos.
Se llenaron los álbum de caprichos
Durante las soirées: se improvisaron
Con familiar deleite y entre dichos
Chispeantes de talento, que inundaron
Las almas de placer, ricas sonatas
Alemanas, canciones españolas,
Y aquellas venecianas serenatas
Y las napolitanas barcarolas,
Que cantan en la mar, a voces solas
O al son de un pobre y bárbaro instrumento
Solamente en sus playas conocido,
El gondolero pálido del Lido
Y el pescador de Amalfi y de Sorriento.
En cuya grata sociedad, risueña
Comenzó la hermosísima cubana
La existencia a mirar mas halagüeña
Y la hora de su muerte más lejana.
Luz tomó al fin un palco de proscenio
En la ópera italiana,
Dó con su sociedad, rica de ingenio,
Iba a pasar tres noches por semana:
Gozando al par la inspiración del genio
Creador del maestro, y el encanto
De la maestra perfección del canto.
El público a la vez y los actores
Fijaron su atención en la figura
De la mujer que, falta de colores,
Parecía una pálida escultura
De nácar, con dos ojos brilladores
Como diamantes negros brasileños,
A su palco entre blondas asomada,
Cual la imagen poética de la hada
Que impera en el alcázar de los sueños
De su alcázar de nubes estraída,
O cual visión de una alma desterrada
Que mora en los confines de la vida.
Poco a poco Lablache, Mario y la Alboni,
De uno en otro entreacto,
De boca de Ronconi
Que de su vida dio relato esacto,
Aprendieron quién era
Aquella palidísima habanera
Que, cubierta de blondas
Y a pesar del calor envuelta en pieles,
Ven salir de su palco cada noche
Cual Venus de la espuma de las ondas,
Para subir a su elegante coche
Seguida en pos de sus amigos fieles.
Pronto escitó la admiración de todos
Luz, y empezó a correr de boca en boca,
Contado y comentado de mil modos,
Cuanto a su nombre y su existencia toca.
Hicieron para serla presentados
Insistencia no poca
Los leones de todos los estados:
Mas Losada y John Lees se mantuvieron
Firmes y sus ataques resistieron;
Siguiendo la mansión de la Habanera
Vedada a inútil juventud ligera.
Permaneció en su círculo encerrada
Luz, y su sociedad privilegiada
Gozó, noche por noche y día a día,
La escasa y escogida compañía
Espresamente para Luz formada
Por el doctor John Lees y por Losada.
Luz estender su voluntad podia
Hasta donde el capricho la impulsara:
Con tal que la hermosísima habanera
Sus caprichos al orden sujetara,
El esceso menor no cometiera,
Y sobre todo, en fin, que no cantara.
El canto era la fruta prohibida
Del jardín de su vida;
Abandonar el canto o la existencia
De la mísera Luz era sentencia;
Cuya importancia nadie comprendía,
Al ver a la simpática habanera
Pálida sí mas viva y hechicera:
Pero sentencia irrevocable era
Que John Lees inflexible mantenía.
Permitido la estaba en el piano
Acompañar a Flávio, el noble Ibero
Que por este dejó su nombre Hispano,
De quien no hay quien se atreva
A negar la doble honra con que lleva
Flávio el tenor y Flávio el caballero,
Del teatro y del mundo el doble nombre:
Y a Enriqueta Sontag, que de condesa
Fué la fortuna por salvar de un hombre
A ofrecer sus talentos a una empresa;
Porque Enriqueta y Flávio, semejantes
En la doble existencia con que viven
De nobles a la par y de cantantes,
No solamente al público se exhiben
En la escena: los nobles les reciben
En sus salones hoy lo mismo que antes.
Y Luz, que por su raza y su riqueza
Humos aristocráticos tenía,
En el suyo a su vez les recibía.
Luz para distraerse en la tristeza
En que su mal a veces la sumía,
Podía ocupación a su cabeza
Para dar a sus manos de alabastro,
Volver las ojas y el difícil rastro
Seguir sobre el papel, de nota en nota,
A aquella ejecución mil veces rota
Por floréos y escalas imposibles
Para dedos y afanes
Que no sean de cuerpos alemanes,
Y en la cual los dos músicos germanos
Solían empeñarse a cuatro manos;
Mas eran con su mal incompatibles
Los acentos mas leves,
Los compases mas breves
Ejecutados con su voz; con eso
John Lees no transigía: era un mandato
Positivo y espreso,
La única condición de su contrato
Con Luz: en cuya cura aún esperaba,
Bien entendido, si jamás cantaba.
Y es lo cierto que Luz, con la bebida
Del buen doctor John Lees y sus cuidados,
Mantener parecía de su vida
Los hilos otra vez asegurados.
Luz se desesperaba
Alguna vez: mas el doctor la hacía
Notar que no cantando no tosía,
Y que si no tosía se curaba:
Y Luz se convencía y no cantaba.

Una noche (era la del quinto día
De agosto y ya la luna en su creciente
Como aro roto de metal lucía,
Alumbrando la tierra tibiamente)
En su cámara Luz estaba sola
Y no había llegado todavía
Su sociedad; abrióse de repente
La mampara y Losada presentóla
A Moriani, el tenor que mejor muere
Sobre la escena, y cuya voz más hiere
El alma con el tierno “¡madre mía!”
De Lucrezia. Moriani ya no canta
En la escena, mas queda todavía
Voz en el corazón y en la garganta
Del tenor de Stradella y de Lucía.
Luz no había alcanzado
A Moriani: do quier que había ido
Para oírle en Italia había llegado
Tarde, y el gran tenor había partido.
Losada, el cual con paternal cariño
Los antojos de Luz de cumplir cuida
(Y antojos hay de la mujer y el niño,
Que cumplidos por ser cuestan la vida)
Se dio por venturoso
En poderla cumplir aquel capricho;
Y de Luz el estado peligroso
Al tenor complaciente habiendo dicho,
Fueron los dos a la casita aislada
Dó está Luz a estinguirse condenada.

Para un alma de artista el arte es todo;
Luz y Moriani plática trabaron
Con el tono cortés y urbano modo
De la alta sociedad: pero se hartaron
Pronto de las vacías insulseces
Con que la sociedad aristocrática
Se aburre por decoro muchas veces.
Luz fue la que primero dio a la plática
Un giro familiar: de frase en frase
Fué la conversación, cual si viajase,
Llevando diestramente de Inglaterra
A Francia y luego a Italia; y era llano
Que una vez de la música en la tierra
Metidos, la cuestión concluiría
Por ir Luz a sentarse en el piano,
Y abrir ante Moriani la Lucía.
Moriani comprendió desde el instante
A qué Luz musical cantar debía,
Y quiso de ella sostener delante
Su gran reputación de buen cantante.
El nombre de Moriani vive unido
A tres piezas finales: de Stradella,
De Lucrezia y Lucía: y se revela
En lo que son las tres lo que él ha sido;
El tenor de mas hondo sentimiento
Que ha lanzado jamás su voz al viento.
Luz preludió unos rápidos compases,
Cual maestra los da para un maestro,
Y entró Moriani en las primeras frases
Con aquel entusiasmo y aquel estro
Poético elevado hasta el delirio,
Llevado al estertor de la agonía,
Que al alma que le escucha da martirio,
Que ataca al corazón y que convierte
En lamento mortal la melodía:
Por el cual le llamó la Italia entera
“El tenor de la muerte:”
Divisa de Moriani todavía.
Luz sintió de Moriani el entusiasmo
Introducirse en su alma,
Y sacudiendo el mórbido marasmo
Con que su mal la hundió en forzosa calma,
Con el alma siguió, no con la mano,
De Moriani la voz sobre el piano.
Y jamás el tenor cantó en la escena
Con mas inspiración ni mas ternura
Para una sala de entusiasmo llena,
Ni Luz acompañó con mas ventura
Su propio canto cuando estaba buena.
Ya Moriani callaba
Y de ambos la emoción se prolongaba
Más que la última nota de Lucía;
Después de seis minutos aun temblaba
Moriani, y Luz febril se estremecía.
MORIANI.


¿La señora no canta?
LUZ.


Ya no puedo.
MORIANI.


¡Es lástima!
LUZ.


El doctor me lo ha vedado.
MORIANI.


¡Lástima! un dúo hubiéramos probado.
Luz.


Lo probaremos.
LOSADA.


No.
LUZ.


Cantaré quedo.
LOSADA.


No, Luz: os va a hacer mal.
Luz.


Una vez sola
Poco mal puede hacerme.
LOSADA.


¡Yo os requiero
Por vuestra propia vida!
Luz.


Yo lo quiero.
LOSADA.


No.
Luz.


Sí.
LOSADA.


Sois muy tenaz.
Luz.


Soy Española.
Dijo Luz, y a Losada repeliendo
Sentóse en el piano:
Y en el atril otra ópera poniendo,
(Alma que más que la existencia aprecia
Su existencia en el arte
Y sin el arte su existir desprecia,)
Puso con gesto triunfador y ufano
Ante Moriani absorto la Lucrezia
Y en el teclado de marfil la mano.

Lanzóse Luz en el final brillante,
Gloria de Donizetti: arrebatado
Por Luz metióse el célebre cantante
En el dúo tras ella; y encantado
De su órgano vocal con el sonido,
Su espíritu sentía, avasallado,
De su garganta música arrancado
Para escuchar, pasársele al oído.
La voz de Luz, que se nutrió en su pecho
Sin ejercicio en su pulmón guardada,
Brotó encontrando el aposento estrecho
Para el vigor con que brotó inspirada;
Y al decir “era desso il figlio mio
Dio a su voz tal corage, tanto brío,
Que vencido el prosaico Losada
Se quedó con el alma embebecida
Oyendo aquella voz tan bien timbrada,
Sin ver que con la voz iba la vida,
Como con una hoz, a ser segada.
Mientras Luz derramaba por el viento
El magnético timbre de su acento,
Moriani, concluida ya su parte,
Cantar su aria final la oía atento
Con la atención hondísima del arte;
Y con su voz celeste é inspirada
Luz abría un Edén en su aposento
Al alma de Moriani y de Losada.

Era el canto del Fénix que en la cumbre
De la montana vé sin pesadumbre
Llegar su muerte: sus alientos mide,
Y del último sol que le da lumbre
Con su cantar postrero se despide.

Luz atacó con fé su última nota
Y la dio limpia y con vigor herida;
Mas, como fuente que el temblor agota,
El vigor de su voz secó su vida.
Tosió: de sangre cárdena una gota
A su boca brotó descolorida,
Y de sentido se plegó privada
En brazos de Moriani y de Losada.

“¡Miserable de mí! dijo éste al punto:
“Bien decia el doctor: la culpa es mía!”
Y pálido a su vez como un difunto
De Luz los broches con afán rompía;
Moriani arrodillado de ella junto
Trémulo de terror la sostenía:
Pero su turbación cuanto más crece
Su solícito afán más entorpece.

Sus vestidos al fin rasgó Losada,
Y del corsé al tirar de la ballena,
En el cuello de Luz, dos vueltas dada,
De su repetición vio la cadena:
La asió en la turbación que le enajena,
Y su repetición sacó colgada
De sus argollas de oro: Luz tenía
Su regalo en su seno, y su existencia
Por su infalible máquina medía.
Luz su repetición no había perdido,
Descompuesto, ni roto,
Durante el largo tiempo de su ausencia;
Y su tiempo por ella había medido
Siempre, leal de su amistad al voto.
Iba, pues, la hora estrema de su vida
Por su repetición a ser marcada:
Que era la idea atroz siempre temida
Por el alma aprensiva de Losada.
Quedó un instante el infeliz, sombrío,
Su reló señalando con el dedo
Y a sí mismo diciéndose: “¡es el mío!”
Y en su esencia vital sintió del miedo
De la superstición correr el frío.

Entretanto a la vida no volvía
Luz: Losada embargado continuaba
Por su superstición: lo cual miraba
Moriani, que la escena contemplaba
Sin poder comprender lo que veía.
En esto en la antesala de repente
Voces se oyeron y rumor de gente:
Abrióse la mampara
Y el doctor y Don Luis, que se encontraron
Con Losada y Moriani cara a cara,
Un grito, viendo a Luz, al par lanzaron.
No osó ninguno en el primer instante
Dar ni pedir esplicacion del hecho:
Mas Don Luis dando un paso hacia adelante
Dijo, de lo mas hondo de su pecho
Arrancando la voz: “¡Luz ha cantado!
—“Y se ha suicidado!
Dijo el doctor:—llevémosla a su lecho.”
D. LUIS.


¡Dios mío! ¿qué decís? ¿muerta está acaso?
EL DR.


No: mas debo decirlo en mi conciencia;
De su estado a la muerte hay solo un paso:
Luz cuenta por minutos su existencia.
D. Luis.


¿No hay remedio, doctor?
EL DR.


Era sentencia
De Dios; yo se lo había revelado:
No cantar, o morir.
TODOS.


¡Luz ha cantado!

Era el canto del Fénix que decide
Morir su fin cantando, y en la cumbre
Del monte secular donde reside,
Del postrimero sol que le da lumbre
Con su cantar postrero se despide.


martes, 22 de diciembre de 2015

11.- 31 DE DICIEMBRE. FELIZ AÑO NUEVO


En 1865 donó a la Villa de Madrid el reloj ante el que el día 31 se comerán las uvas millones de españoles y al que Losada dedicó más cuatro años de trabajo en Londres. El reloj de la Puerta del Sol fue un regalo que hizo José Rodríguez de Losada. Subrayo la palabra regalo para argumentar que desde hace más de 10 años venimos pidiendo un homenaje a este singular relojero en forma de una calle con su nombre y lo más que hemos conseguido son silencios o disculpas. Bueno quitando la "pegatina" que el pasada año ha colocado el presidente Ignacio González en la escalera de subida al reloj. Creemos que se merece algo público y visible para todos los madrileños, el no escondió el reloj en la escalera, lo regaló y está en lo alto de una torre visible para todos.
Pensamos que no es mucho pedir que Madrid dedique una calle al fabricante y mecenas que hace semejante regalo: "es de bien nacidos ser agradecidos". Tendremos que crear un grupo de amigos de Losada y presionar a quien corresponda para que se haga justicia, aunque sea con retraso. 
 De momento Madrid, y casi toda España, le recuerda una vez al año, cuando uno termina y otro comienza en la puerta del Sol. Allí late aún el reloj que donó a la ciudad y que la pone en hora desde el 16 de noviembre de 1866.  Para el próximo 16 de noviembre llevará 150 años funcionando el famoso reloj, ¿habremos conseguido para entonces el homenaje al relojero Losada?. Al menos lo seguiremos intentando.

Fue perseguido por sus ideas políticas por el padre de José Zorrilla, y loado después por el poeta romántico, que le consideraba “seco, cejijunto y algo brusco en sus modales”, pero “de oro el corazón”. “Famosísimo”, “un gran mecánico”, era, según Zorrilla, “el relojero Losada ”. 
Como estamos viendo en este blog, Zorrilla le considera su mejor amigo habla de él en dos de sus libros e incluso  le dedica ese cuento fantástico titulado Una Repetición de Losada.
Pero no solo Zorrilla escribe sobre él, también lo hacen como iremos viendo Concha Espina en Efigie Maragata, Matías Rodríguez Díez en Historia de la muy noble, leal y benemérita ciudad de Astorga, Fernández Duro en Museo Español de Antiguedades, ramón Carnicer en Donde las Hurdes se llaman Cabrera, Luis Alonso Luengo en El reloj de la Puerta del Sol, Roberto Moreno en José Rodríguez de Losada Vida y Obras,  F. Javier A. Prada en Los Ancestros del Relojero Losada, Montañés, Ernesto Agudo, Nela Domenech, Nicolás Miñambres y otros muchos en artículos de periódicos, etc.




Este era José Rodríguez de Losada a los 65 años.