Mostrando entradas con la etiqueta josé rodríguez de losada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta josé rodríguez de losada. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de abril de 2016

28.- UN LOSADA ACTUAL


Dirección: C/ Montalbán, 12 28014 Madrid
Teléfonos: 91 532 64 99 / 532 68 45
Titularidad y Gestión:
Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Secretaría de Estado de Cultura.
Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas.
Directora:
Dª Sofía Rodríguez Bernis

El 6 de mayo de 2013

Información que aparece en el blog del MNAD http://mnartesdecorativas.blogspot.com.es/2013/05/en-primicia-iii-reloj-de-bolsillo-de_4008.html con motivo de la compra por este museo de un reloj "saboneta" fabricado por Losada. Presentaban un nuevo inquilino del Museo Nacional de Artes Decorativas como un auténtico tesoro.
Se trata de piezas típicamente británicas en todos los sentidos, aunque fueran realizadas por el que es considerado el relojero español más célebre de la historia, José Rodríguez Losada (1797-1870).

 A continuación hace un resumen de la vida de Losada


De carrera militar, condecorada con la Orden de Carlos III, Losada huyó a Francia tras el trienio liberal y acabó refugiado en Inglaterra, probablemente buscando el amparo del "Comité de ayuda a los emigrantes". Parece que fue esta sociedad de auxilio quien, en torno a 1825, le proveyó de su primer trabajo como mozo de ayuda y limpieza en una relojería londinense. A partir de entonces se produjo el aprendizaje y desarrollo de lo que parece ser un genio oculto, una capacidad descubierta de forma bastante tardía que le ensalzaría hasta el cargo de relojero de la Cámara de la reina Isabel II, la familia real y la armada militar española. Especializado también en cronómetros y piezas de gran precisión, los relojes de Losada se consideran obras con un alto grado de fidelidad; en el plano comercial fueron muy importantes. Cinco años después de emigrar a Londres ya era propietario de la relojería en la que aprendió y perfeccionó su técnica. Se casó con la viuda de su antiguo jefe y estableció su casa principal en el 105 de Regent Street. Conocía la situación de escasez de relojeros que había tanto en España como en el amplio campo que se abría en Iberoamérica, restableciendo las primeras relaciones con su país de origen, pronto consiguió cierto nivel de mercado y estableció relaciones con la familia Real que, tras la muerte de Fernando VII ofrecía nuevas expectativas. Tuvo sucursales en Londres y otras ciudades europeas, y se expandió por América latina y Filipinas. Sus clientes españoles fueron numerosos, desde Isabel II a empresarios o terratenientes con posibilidades económicas. Y es que Losada era una de los primeros relojeros de nacionalidad española que realmente había triunfado en un campo casi siempre reservado a nombres franceses, ingleses, alemanes y, posteriormente, suizos.Si bien es popular por su intervención en el reloj de la Puerta del Sol, que conoció durante su visita a España a finales de los cincuenta, las obras que le llevaron a tener fama internacional fueron sus cronómetros de marina y sus lujosos sabonetas de oro, como la que nos ocupa. Se sabe asimismo, que su producción en Londres fue de 6.275 piezas, aunque tras su muerte en 1870 los herederos del taller siguieron produciendo con las mismas características y garantías, piezas de gran lujo.


El reloj del MNAD



Nota del MNAD
El Estado puede adquirir piezas para Museos Estatales de diversas maneras, puede comprar a través de subastas, recibir donaciones, etc. En este caso se compró a través de lo que se llama "oferta de venta irrevocable " que es una figura que el Estado utiliza  para impedir que piezas interesantes para el Patrimonio Histórico Español salgan al extranjero.

sábado, 2 de abril de 2016

26.- PUDO SER ASÍ

1928 HUIDA 

¿Por qué Londres?
Según Benito Pérez Galdós desde 1824 se produce la gloriosa y fecunda emigración. En Londres se junta una gran cantidad de españoles que huyen de la represión de Fernando VII y que allí organizan "El Comité de Ayuda a los Emigrantes". El gobierno inglés ve con simpatía a los emigrados españoles y promueve ayudas para ellos, con lo que logran una importante organización que gestiona y ayuda a los que lo necesitan.
Nada extraño pues, que Losada encaminara sus pasos a esta ciudad, es posible, casi seguro, que tuviera allí conocidos y amigos. Él pertenecía al ejército junto con muchos otros que fueron perseguidos y seguramente, los que pudieron escapar de España, acabarían en Londres amparados por el citado Comité.
También en apoyo de nuestra teoría "que Losada inició su aprendizaje de relojero en Ponferrada", vemos que en Londres entra a trabajar en una relojería y no en otro negocio. Esto no fue al azar. Sus amigos del Comité de Ayuda a los Emigrantes y por que Losada así lo desea, le buscan ese trabajo, seguramente en un puesto ínfimo (limpieza de la tienda), pero lo que quería estaba conseguido, ahora ya demostraría él que conocía el oficio y con suerte alcanzaría un puesto como relojero.

PRIMEROS AÑOS EN LONDRES

Estamos en los primeros años de la década de 1830 -1840. Losada durante este tiempo progresa en su trabajo y logra ser oficial de relojería, cosa que no debió de resultarle fácil ya que a pesar e sus conocimientos existía la dificultad del idioma. Parece que con piezas de desecho logró construir algún reloj que dejo sorprendido a su jefe, que le fue encomendando faenas cada vez mas complejas y que al superarlas le cambió el puesto de limpiador de la tienda a oficial de relojería. Después de algunos años demostrando su valía, enferma el dueño de la tienda y se confía a Losada la dirección de la misma. 
Al fallecimiento del propietario, consecuencia de la enfermedad contraída, sigue al frente de la empresa  y en 1838 se casa con  la viuda, Hamilton Ana Sinclair, de 51 años, 10 más que él.


LA DÉCADA  1840 - 1850

Losada se labró un inmenso prestigio, apareciendo su nombre como constructor de relojes en las más acreditadas guías profesionales. En este tiempo su negocio ha crecido enormemente y produce relojes para toda Europa y especialmente para América Latina. Se ha ido trasladando en la ciudad de Londres de norte a sur: número 20 de Woburn Buildings en Tavistock Square (1841); Regent Street, 108 y Regent Street ,105, empazamiento, este último ya definitivo.






En esta época tuvo el respaldo de la más selecta clientela europea. En España Fernando VII ha muerto en 1833, ha sido proclamada Reina Isabel II con la regencia de la Reina viuda María Cristina. La Casa Real española le encargó varios trabajos: para Isabel II, un precioso reloj saboneta -modelo de reloj de bolsillo originario de Savona, Italia, con dos o tres tapas- en oro esmaltado en azul, y varios para el rey consorte Francisco de Asís y para algunas de las Infantas. El general Narváez, presidente del Consejo de Ministros, también poseyó uno de sus sabonetas.


DESPUES DE 1850

En estos años  su principal cliente fue la Marina española. No se olvide que los relojes son, ante todo, aparatos de precisión y en la época eran fundamentales para una correcta navegación. Un error de un segundo en un cronómetro naval suponía una desviación en la longitud geográfica, la que se refiere al ecuador, de 463 metros. Lo mismo, ocurría con los barómetros. En el siglo XVIII, los buques españoles, insuficientemente dotados de barómetros, no podían predecir las tormentas y esquivarlas, siendo ésta la causa de multitud de naufragios en el Caribe, lo que no les ocurría a los británicos.
De ahí que la Marina recurriera a Losada, uno de los mejores relojeros de la época y el único que era español, para que le proporcionara todo tipo de relojes. En el Observatorio Naval de San Fernando, en Cádiz, se guardan algunas de las piezas maestras de Losada, junto con el grueso de la documentación que ha sobrevivido sobre él, como contratos y cartas. También el Museo Naval de Madrid conserva valiosas obras suyas. Losada empezó a trabajar para la Marina en 1857, después de que ésta hubiera dejado de comprar sus cronómetros a French Hermanos de Londres y tras haberle ganado el ánimo designándole Relojero Cronometrista de la Marina Militar, en 1856. Una de las primeras obras para la Marina es el reloj astronómico, conocido como el n° 2.137 de su producción, que tardó ocho años en realizar. 
Fue, como el reloj de la Puerta del Sol, un regalo a su país.

Esta relación especial con la Marina se mantuvo durante años, en los que llegó a entregar unos 70 cronómetros, y en los cuales Losada fue perfeccionando sus obras e introduciendo nuevos hallazgos e invenciones, hasta que a raíz de una grave enfermedad, contraída en 1865, empezó a decaer su capacidad de trabajo, al mismo tiempo que lo hacían las necesidades de la Marina. El último encargo, un reloj de bolsillo, no procedía de la Marina, sino de los cuerpos de la Armada para regalárselo al almirante Casto Méndez Núñez por la batalla de El Callao. Este reloj es una de sus obras mas sobresalientes, y se guarda en el Museo Naval de Madrid. Es una saboneta con las tapas realizadas en piedra verde sanguínea, que lleva las iniciales de Casto Méndez Núñez en la tapa anterior, hechas con diamantes. En la tapa posterior, figuran dos anclas cruzadas y una corona real encima, formadas por diamantes y rubíes. El reloj posee una cadena de oro con adornos en piedra sanguínea con incrustaciones de diamantes y rubíes, con motivos de tipo naval, como una boya, una brújula y una trompeta de mando.

Losada muere en Londres el 6 de marzo de 1870. Había hecho testamento en Cádiz el 3 de abril de 1868.



jueves, 4 de febrero de 2016

21.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA.CAPÍTULO SEXTO III Y CONCLUSIÓN

CAPÍTULO SEXTO III.


Don Luis sin duda morirá demente
Si Dios no lo remedia:
Contra su mal la ciencia francamente
Se declaró impotente,
Por lo cual felizmente no le asedia
La docta facultad con sus ponzoñas,
Ni le atacan su mal por esos medios
Que entre las gentes sandias o bisoñas
Pueden solo pasar como remedios.
Más que loco Don Luis está alelado:
Cuando perdió el sentido
Fué, como un hombre por el rayo herido,
De facultad intelectual privado:
Dios no envió a su cerebro la locura
Sino que apagó en él la inteligencia.
Don Luis no tiene ni pesar ni goce:
Todo con la mayor indiferencia
Lo vé: nada recuerda, ni conoce
A nadie: ni repugna, ni apetece:
Llámanle y vá: le mandan, y obedece.

Las casas de dementes de Inglaterra
No ofrecen espectáculos de duelo,
De tormento y horror no son mansiones,
Nada en ellas repugna, nada aterra:
Castigo no se da sino consuelo
Al infeliz que cae en sus regiones.
Bedlam es un magnífico paseo,
Cuyas verdes y añosas alamedas
Conducen a una quinta de recreo
Cercada de jardines y arboledas.
Al que encierran allí falto de juicio,
En lugar de querérsele a porrazos
Volver y a latigazos,
Le inclinan la atención hacia un oficio:
Y en vez de dominarle por un pánico
Terror, van con destreza y artificio
Obligándole a entrar en ejercicio
De algún trabajo corporal, mecánico,
De su cuerpo y su alma en beneficio.
Después que le acostumbran y habilitan
Siempre en acción para tener las manos,
La memoria y las fuerzas le ejercitan:
Le dan buen aire y alimentos sanos,
Sus manías le tuercen o le quitan
Con paciencia y constancia, y poco a poco
De la razón la vuelta facilitan
Ideas dando a su cerebro loco.
Y aciertan los Ingleses: nada tiene
Al hombre, cuerdo o loco, más contento
Que tener ocupado el pensamiento;
La ocupación asidua es ley de higiene;
Sus locos están, pues, entretenidos
Y con cosas alegres distraídos.
Bedlam tiene de locos una orquesta
Que en fiestas y saraos públicos tañe
Pero cuestión o relación es esta
De la que a los filántropos atañe
Disertar; mi misión es mas modesta,
No raya tan allá mi poesía;
Si entretiene no más, si no es molesta,
Por satisfecha asaz se da la mía;
Y como esta lectura a su fin toca,
Fuera extenderla más torpeza loca.

Era una tarde de Diciembre helada:
Había dado ya las seis y media
De Bedlam el reló, cuando Losada
Con el Doctor John Lees hizo su entrada
En el salón extenso, que promedia
Un ala del espléndido edificio
De la locura alzado en beneficio.
Allí los que no pone su demencia
Fuera de estado de guardar decoro,
De los que les dirigen en presencia
Fuerzan a la atención su inteligencia;
En tanto que el estrépito sonoro
De la orquesta en su afán les acompaña,
Y atrae su distracción si no la engaña.
Y es curioso de ver como en tan grave
Reunión cada cual cumple su oficio,
Cuando a ninguno de ellos en el juicio
De lo que haciendo está razón le cabe.

Don Luis, cuya manía
No ha podido fijarse todavía
Y que nada exterior comprender sabe,
Es dueño de andar libre y de ir ocioso
Por donde más le place noche y día,
Para ver si de hastiado o de curioso
En algo con placer su atención fija,
Y si algo encuentra en que ocuparse elija,
O halla de los doctores la destreza
En una inclinación una rendija
Por donde entre la luz en su cabeza.
Cuando Losada entró, Don Luis estaba
Vueltas de dar por el salón cansado,
En un rincón sentado,
Mirando sin saber lo que miraba,
Contemplándolo todo indiferente,
De cuanto tiene en torno enajenado
Y mirando, sin ver, maquinalmente.
A su lado se puso
Losada a contemplarle enternecido:
Él, en su mudo arrobamiento iluso,
No dio señal de haberle conocido
Y en su honda estupidez siguió sumido.
El doctor puso de Don Luis delante
Un velador: Losada de debajo
De su gabán su caja, cuyo efecto
Para probar sobre el demente trajo,
Sacó y la puso ante él; de luz brillante
La inundó con el gas porque la viese:
Se la abrió poco a poco, circunspecto
La impresión precaviendo que pudiese
Hacerle el ver a Luz y que el afecto
Del corazón tal vista removiese.
Don Luis continuó inmóvil: ni de aspecto
Cambió viendo de Luz la miniatura,
Ni mostró conocer de su semblante
La representación en la pintura;
Miró aquellos objetos distraído
Y sin fijarse en ellos y fue todo
Con él inútil: su mirada errante
No se pudo atraer: no había modo
De fijar su atención un solo instante.
Un minuto faltaba solamente
Para las siete ya: Lees, prevenido
Habiendo al director, dio de repente
La señal en que habían convenido,
Y cesó de repente todo ruido
Y en torno de ellos se agolpó la gente.
Lees se sentó junto a Don Luis: Losada
Permaneció de pie, de ambos en frente,
Teniendo ante él la caja colocada
Del velador encima y de manera
Que todo el mundo con Don Luis la viera:
Y en esta situación, viendo excitada
La universal curiosidad, ansioso
Esperó a que las siete el reló diera.
Saltó la balancilla de reposo
Del muelle retentor: la hora entera
Dio la repetición: doblaron broncas
Las campanas a muerto: oyóse el coro
Que con las trompas de sus bajos roncas
Guía en sordina el órgano insonoro:
Corrió la muerte su crespón de luto
Sobre el rostro de Luz, y su esqueleto
En su lugar quedó: todo sin fruto:
Ante todo Don Luis se estuvo quieto.
Mas al oír el lúgubre gemido
De Luz, asió la caja de repente
Y diciéndole en cólera encendido:
“¡Miserable juglar, tú la mataste!
“Muere, pues, por la voz que la robaste!”
A Losada cogió desprevenido,
Y con la caja le asestó derecho,
Con las hercúleas fuerzas de un demente,
Golpe mortal en la mitad del pecho.
Cayó hacia atrás Losada: y con la frente
Bañada de sudor, abrió los ojos,
Miró en redor y se encontró en su lecho.
¡Del sueño cuanto vio fueron antojos!

Conclusión.

Y este afanoso sueño rechazando,
Dijo un día Losada despertando:

“¡Válgame Dios! ¡qué historia tan horrenda!
“¡Gracias que no fue más que pesadilla!
“Mas tengo de contársela a Zorrilla
“Para que de ella escriba una leyenda.”

Y Zorrilla, en memoria de Losada,
La leyenda escribió por él soñada.

martes, 2 de febrero de 2016

20.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA.CAPÍTULO SEXTO II

Capítulo sexto II.

Sobre un aparador de palo-rosa
Mostró a John Lees Losada,
Una caja de sándalo olorosa
De incrustaciones de marfil orlada
Y con un velo de crespón tapada.
Su tamaño sería
De media vara en cuadro,
Y apretando se abría
Un botón que a su tapa se veía
Pasar desde una faz por un taladro.
El conductor del gas que el cuarto alumbra
Prendió y puso Losada de manera
Que de lleno en la caja su luz diera:
Que es como a colocársele acostumbra
Cuando un reló, que con afán se espera
Y para el cual el día no ha bastado,
Por la noche a montar se ve obligado.
Quedó la caja misteriosa entera
Por el gas alumbrada por encima,
Mientras John Lees para que se abra espera
A que Losada su botón oprima.
Lees sin trabajo adivinó al instante
Que en la caja un reló se contenía,
Porque el rumor medido de un volante
Sonar adentro y a compás se oía:
Mas, como Inglés, inmóvil no mostraba
Curiosidad alguna ni impaciencia,
Mientras en excitárselas gozaba
Con gran placer el hombre de la ciencia.
Este apretó el botón: saltó la tapa:
Y al percibir lo que su tabla cubre,
Con un ¡oh! que del pecho se le escapa
El buen Inglés su admiración descubre;
Y es digno a fe de admiración tan franca
Lo que al doctor su exclamacion arranca.

Es un paisaje de marfil como esos
Que nos vienen en cajas de la China,
Y que el saber de Europa no imagina
Cómo pueden llevar hasta allá ilesos
En su fragilidad tan peregrina.
Aquel paisaje ebúrneo representa
Gótica catedral por su fachada
Principal: en su pórtico se ostenta
La preciosa labor filigranada,
Graciosa y complicada,
Con que el gótico estilo se ornamenta.
Sus estatuetas mil, sus mil pilares
Rematados en dobles capiteles,
Sus ligeros y arqueados botareles
Construidos al aire: sus dispares
Torrecillas y esbeltos chapiteles
Calados: las guirnaldas y festones
De frisos, arquitraves y repisas,
De mascarones, arcos y cornisas,
Vidrieras y estrellados rosetones,
Todo está con primor de alto relieve
Hecho, mas todo al aire, todo leve
Cual la espuma que el mar alza en sus ondas,
Cual del oriente el matinal celage,
Cual los pliegues flotantes de las blondas
De una mantilla de Flamenco encaje.
De aquella catedral en el labrado
Muro, que representa el diestro lado
De la sagrada nave,
Hay una fuente en nácar esculpida,
Extremada en adornos cuanto cabe
En obra por mortales concebida.

El dibujo sutil de aquella fuente,
Que forman solamente
Un caño abierto en la pared, que mana,
Y una cóncava taza, recipiente
Del líquido sonoro y transparente
Es de un gusto ideal y de galana
Ejecución: entre un festón de flores
Microscópicas de oro hechas de esmalte
Verde, morado, azul, carmín y grana
Para que la orla en el marfil resalte
Copiando de sus hojas los colores,
El frontis de la fuente que murmura
Un primoroso medallón decora,
Que encierra una preciosa miniatura
Cuya vista los ojos enamora;
Concluida y suavísima pintura
En cuya carnación no se percibe
La huella del pincel ni de la mano,
Y que parece que respira y vive
Y que interior vitalidad recibe
De un genio por el soplo soberano.
Y esta bella y valiosa miniatura,
De una guirnalda de oro guarnecida
Y en la fuente de nácar embutida,
Es la imagen perfecta y hechicera,
Es el retrato fiel de la hermosura
De Luz, la melancólica habanera.
Cuando en su fresca juventud florida
En Cuba luz de los salones era.
Bajo ella el agua de la fuente corre
Pintando la corriente de su vida
Por manantial oculto mantenida:
Y de la Iglesia gótica en la torre,
Sobre el calado pórtico elevada
De aquella ebúrnea catedral, presenta
Su rubia esfera de oro esmerilada
Dentro del rosetón la cincelada
Repetición que, para hacer la cuenta
De sus horas de afán, dio a Luz Losada.
Y es cuadro a fe de ejecución perfecto,
Feliz idea y oportuno efecto:
Porque el agua borbota cristalina,
El minutero del reló camina,
Todo en torno de Luz vive y se mueve,
Y que moverse Luz y vivir debe
Quien contempla su imagen imagina.
No era, empero, el paisaje todavía
Lo más curioso que en el cuadro había;
Aunque precioso el exterior sin duda,
Es nada más decoración que emplea
Losada como campo de su idea,
Y que su idea a realizar le ayuda.
John Lees lo contemplaba con asombro
Y Losada tras él se sonreía
Mirando por encima de su hombro,
Y aguardando tras él que el reló diera.
Tocó la aguja negra de las horas
En el número siete de la esfera:
Se oyó saltar el pasador ligero
Del muelle retentor: el minutero
Llegó a las doce, y dieron con sonoras
Notas los martilletes por entero
Las siete de la noche: todavía
Retumbaba en el aire el son postrero
De su postrero golpe, cuando lentas
A voltear comenzaron las campanas
De oro del chapitel: y en lejanía
La tembladora vibración del hierro
Imitando, empezaron las cristianas
Campanadas que anuncian un entierro
A doblar en la atmósfera; entretanto
Dentro del templo resonar se oía
Del sordo de profundis en el coro
La triste Gregoriana salmodía,
Cuyo fúnebre canto
Con la sordina cóncava seguía
De sus bajos el órgano insonoro.
Cesó todo sonido de repente:
Se abrió la torre de marfil crujiendo
Y desde ella sus alas extendiendo
La Muerte se lanzó, sobre la fuente,
El retrato y el templo lentamente
Un velo negro de crespón tendiendo;
Quedando en vez del templo y la pintura
Un cementerio frío y solitario,
Y de contemplación por solo objeto,
Sentado en una aislada sepultura,
De la desnuda muerte el esqueleto
Mal envuelto en los pliegues de un sudario.

El efecto del cuadro era completo:
Mas faltaba lo más extraordinario.
Del centro de aquel túmulo, el oído
Y el corazón llenando de pavura,
Salió hondo y tristísimo gemido
Que abrió a su son la eternidad oscura.
Era el gemido lúgubre y profundo,
Era la temerosa, última queja
De un alma triste de mujer, que deja
Su amante corazón muerto en el mundo
Y de su muerto corazón se aleja.
Era el último ¡ay! que oyó Losada
Lanzar del pecho a Luz cuando a la fría
Impresión de la ráfaga moría:
Cuya impresión mortal él todavía
Siente en su corazón como una espada.
El en su corazón conserva impresa
La triste voz de Luz en su agonía,
Y así lo fiel de su memoria expresa
En aquella obra de arte, monumento
Que a Luz Losada consagrado había:
Ofrenda del dolor y del talento.

LOSADA.


¿Qué tal?
LEES.


Tal haber visto no me acuerdo
Jamás. ¡Ingeniosísimo artificio
Y de Luz sentidísimo recuerdo!
LOSADA.


¿Creéis que podrá a Don Luis volver el juicio
Su posesión?
LEES.


Dios le hizo un beneficio
Quitándosele, y creo que no es cuerdo
Ir contra Dios por ciencia ni por vicio.
LOSADA.


Probémoslo. ¿Queréis?
LEES.


De buena gana:
Mas creo que ha de ser empresa vana.
LOSADA.


¿No tenéis esperanza?
LEES.


Ni un resquicio:
Mas lo hemos de intentar.
LOSADA.


¿Cuándo?
LEES.


Mañana.

Apagaron el gas, y el cuarto estrecho
Dejaron a la luz de una bujía;
Y absorto Lees, Losada satisfecho,
Se fueron el artífice a su lecho,
Lees a ver los enfermos que tenía.


domingo, 31 de enero de 2016

19.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO SEXTO.

Capítulo sexto. Las siete

Cuando en su tumba Luz quedó enterrada,
Cuando a Don Luis fue conducido
Y se volvió John Lees a su morada,
Solo a la suya se volvió Losada
En el silencio y el dolor sumido,
Y encerrando sus penas en su pecho
Volvió a ocupar su camarín estrecho.
Mas ya no abrió el balcón que da a la tienda:
Se negó a recibir cartas, amigos
Y compradores: encargó su hacienda
A un dependiente fiel, y sin testigos
Un día y otro se pasó encerrado,
O a su dolor recóndito entregado,
O dado a algún trabajo misterioso,
En cuya ardua labor nadie le ayuda
Y que exige sin duda
Misterio, soledad, calma y reposo.
De la casa el rumor durante el día
Que se oyera el rumor de su trabajo
Por fuera de su cámara impedía;
Mas de su oculto camarín debajo
Trabajar por la noche se le oía.
Alguna vez la gente de su casa,
Que en la impaciencia y la inquietud se abrasa
La causa por saber de tanta pena
Y el misterioso afán de tal faena,
Venía en la alta noche de puntillas
A escuchar desde el pié de la escalera
Apoyada en las verdes barandillas:
Por el doble interés a lo que creo
De afección natural y verdadera,
Y porque a todos hace en el deseo
La natural curiosidad cosquillas;
Y allí en la oscuridad, hombro con hombro,
Reteniendo el aliento,
Oían con asombro
Arriba, en el recóndito aposento
De Losada, el metálico sonido
Por su trabajo oculto producido.
El son del esmeril y el torniquete
No les extraña al alma ni al oído,
Pues es un son para ellos conocido:
Mas lo que miedo al corazón les mete
Es oír un reló que da las siete,
Y después un tristísimo gemido
Que dan en el cerrado gabinete,
Siempre tras de las siete repetido.
Al principio juzgaron que el lamento
Tras de los siete golpes exhalado,
Era un rumor que producía el viento
Por los tubos del gas encañonado
O metido en la hueca chimenea;
Pero después que repetir le oyeron
Una vez y otra vez, se convencieron,
(Con el terror que la ignorancia crea
De lo que no se sabe lo que sea,)
Que era un gemido lúgubre, profundo,
De un ser humano que se va del mundo,
Y que, al partir, con el dolor pelea.
La voz era tristísima: el lamento
Más vital que el gemir del vago viento:
Era de una mujer, que el mundo deja,
La postrimera y temerosa queja:
Era la voz de un alma que, arrancada
Por fuerza de su cuerpo, lastimada
Parte, y de él despidiéndose se aleja;
El son era fatídico, hondo, interno,
Triste como el graznar de la corneja,
Y présago tal vez de un mal eterno,
No era de voz por el mortal creada;
Tenía algo del cielo o del infierno
Y salía del cuarto de Losada.
El artífice torvo, cada día
Cuando a comer del camarín salía,
Sombrío más y más preocupado,
Más pálido y más flaco parecía.
Su familia asombrada
Enflaquecer con miedo le veía
Cada vez más curiosa y asustada:
Mas si le preguntaban “¿qué tenía?”
Respondía no más: “no tengo nada”
Y cabizbajo al camarín volvía.
La historia comenzaba a traslucirse
De su casa por fuera,
Por entre los amigos a esparcirse
Y en la murmuración a introducirse,
Y pasto ya de las calumnias era.
Porque en la sociedad en que vivimos,
Aunque cristianos por bautismo somos,
Si entre manos a un prójimo cogemos,
Al punto en que con él en tierra dimos,
O le rompemos con placer los lomos
O echamos sobre la honra que le vemos
Injurias y calumnias en racimos.
Y así es la sociedad: asombradiza
De aquello que no sabe ni conoce,
Ciega anatematiza
Toda acción de infeliz que vida goce
Y que con ella en misterioso roce
Presente al parecer o faz postiza
O en penumbra al pasar su faz emboce.
No se toma el trabajo
De sondar la verdad, no profundiza
Las apariencias; al que cae debajo,
Como vea algo en él que no comprenda,
Lo interpreta de modo que le ofenda,
Por hecho se lo da, le satiriza
Por ello, cae sobre él, le martiriza,
No le deja tenaz que se defienda,
Con cobarde placer le descuartiza
Y la reputación le pulveriza.
Tal es la sociedad. ¡Vamos andando!
Así por lo que el vulgo a hablar comienza,
La sociedad tomándolo a vergüenza
De Losada a hablar mal va comenzando.
Se comienza a decir que una Habanera
Hermosa y mal casada
Por él a su marido fue robada:
Y en una quinta, de la villa fuera,
La hizo vivir como en su harén Losada;
Que volvió de la Habana su marido
Y que, habiendo celoso descubierto
De la hermosa criolla su morada,
El fue en un duelo por Losada muerto
Y la hermosa infeliz envenenada.
Los más caritativos
Dicen que el Habanero estaba loco
Y la habanera tísica:
Por lo cual de su muerte los motivos
Jugos no fueron a su ser nocivos,
Sino que la mató dolencia física:
Y que el marido, enloqueciendo a poco
Por voluntad de Dios, no por horrenda
Pócima venenosa administrada,
De la ocasión se aprovechó Losada
Para cargarse de ambos con la hacienda.
Mas la murmuración no sabe nada:
Quien dice la verdad es mi leyenda,
Que es quien está del tiempo en la memoria
De consignar los hechos encargada;
Vamos, pues, adelante con mi historia.

Losada dejó al fin su gabinete,
Si no gordo y rollizo,
Con color rubicundo y gran moflete,
Porque siempre fue flaco y Dios le hizo
Con cara de color algo cobrizo.
Con sereno semblante,
Como el que tiene de su Dios delante
Su conciencia tranquila y con segura
Planta el mundo cruzar puede arrogante:
Como quien, tolerante, no se cura
De lo que hace sin él su semejante,
Ni orientarse procura
De lo que de él la sociedad murmura.
El hombre de arte en su trabajo vive:
Sus pesares y afán con él olvida,
Y en el placer que al trabajar recibe
Regenera su ser, nutre su vida.
Losada así, después de concluida
Alguna obra difícil, cuyo empeño
Soledad y silencio le ha exigido,
De él alejando el apetito y sueño,
Salió del camarín con faz serena
Y de satisfacción el alma llena,
Y volvió a su almacén a ver en calma
Si en sus máquinas guardan sus relojes
La misma rectitud que él en su alma.
El día aquel, para las cuatro en punto,
Había el doctor Lees sido invitado
A comer: como Inglés, por decontado
Que la puntualidad era un asunto
De honor para John Lees; cuando faltaba
Un minuto no más para las cuatro,
John Lees el picaporte levantaba:
Lo mismo que en las citas del teatro.
La comida fue simple; Lees se asocia
Continuamente a su festín diario,
Y Losada con Lees nada negocia
Mesa para ostentar de millonario.
Pulcritud, buen jerez, salmón de Escocia,
Buen roastbeef, pan francés, marisco vario.
Café, azúcar y puros de la Habana,
Decoro Inglés, franqueza castellana,
Esto fue lo que hubo en la comida,
Que es lo que da Losada a quien convida.
Eran las seis, y en plática sabrosa
Con el tabaco y el café seguían
Aun Losada y John Lees de sobremesa:
Los dependientes iban y venían:
La noche se iba haciendo más espesa:
Los criados el gas les encendían.
“Doctor, ¿tenéis por iros mucha priesa?”
Tras un espacio a Lees dijo Losada:
Lees respondió: “no tengo que hacer nada.”
LOSADA.


Pues luego os llevaré a mi gabinete.
LEES.


Cuando queráis.
LOSADA.


Más tarde: subiremos
Pocos momentos antes de las siete.
LEES.


Pues fumemos en tanto.
LOSADA.


Pues fumemos.

Y encendiendo otro puro, y aspirando
Del café y del tabaco la aromática
Esencia, reanudaron esperando
Losada y Lees la interrumpida plática.
En el reló que el comedor decora
Se oyeron dar de la marcada hora
Los tres cuartos al fin: y levantándose,
“Cuando gustéis, doctor,”—dijo Losada:
El doctor le siguió sin decir nada,
Y al camarín subieron, encerrándose.

Mas entremos, lector, porque el poeta
No tiene para ti puerta cerrada,
Cuarto sin luz, ni habitación secreta;
Su pluma es una luz que arde constante
Para ti nada más iluminada:
Sigueme: yo te alumbro por delante.


domingo, 24 de enero de 2016

17.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO QUINTO II.

 CAPÍTULO QUINTO II.

Pasó Setiembre: el otoño
Va con el sombrío Octubre
Corriendo; el cielo se cubre
De nubes: ciñe en redor
El horizonte la niebla
Que en llovizna se resuelve,
Y el aura fresca se vuelve
Vendabal asolador.

Está espirando el crepúsculo
De un día opaco: se cierra
La noche sobre la tierra
Amenazando huracán.
El cierzo va ya los árboles
Desnudando hoja por hoja,
Y al espacio las arroja
Por donde perdidas van.

Luz reposa en su aposento,
Después de haber arrostrado
Un ataque muy violento;
De los que tuvo, el mayor.
Don Luis, John Lees y Losada
Están torbos y callados
En el salón agrupados
En torno del velador.

Losada tiene los ojos
Húmedos fijos en tierra:
El doctor John abre y cierra
Un libro que ante él está,
Sin conciencia de lo que hace:
Mientras a algún pensamiento
Que le está dando tormento
Vueltas en su mente da.

Don Luis, el semblante lívido,
Los ojos desencajados
Sobre la mesa clavados,
Y una mano en cada sien,
Por coger está luchando
Sus pensamientos perdidos:
Y todos tres, distraídos,
Ni se miran, ni se vén.

El viento zumba por fuera
Rasgándose en las persianas
De las cerradas ventanas,
Y, con la lluvia que cae,
En remolinos sonoros
Lanza contra las vidrieras
Puñados de hojas ligeras
Que de los árboles trae.

Don Luis alzó de repente
Su cara desencajada,
Soltando una carcajada
Entre histérica y feroz;
Y encarado bruscamente
Con el Doctor y Losada,
Dijo con vista extraviada
Y descompasada voz:

“Creo que este es el momento
“De que yo os cuente una historia,
“Que atormenta mi memoria
“Y me prensa el corazón;
“Tanto más cuanto que espero
“Que esta historia, que envenena
“Mi corazón, de esta escena
“Os dará una explicación.”

Losada y Lees con asombro
Las palabras escucharon
De Don Luis, y no acertaron
Su sentido a penetrar;
Mas él añadió, cobrando
Su aire mesurado y serio
Habitual: “Es un misterio
“Cuya llave os voy a dar.

“Escuchadme.”—Por un doble
E instintivo movimiento,
Adelantaron su asiento
Para oír Losada y Lees:
Y de tener satisfecho
Su curiosidad atenta,
En voz baja, triste y lenta,
Contó esta historia Don Luis:

“Era yo mozo: mi padre,
“Muerto hacía pocos meses,
“De cuantiosos intereses
“Me dejaba sucesor.
“Mi débil madre, en el pecho
“Por el mal de Luz herida,
“Cifraba en mí de su vida
“La esperanza y el amor.

“Mi padre fue un hombre duro,
“Frío, inflexible y severo,
“Que creado el mundo entero
“Para servirle creyó.
“Mi madre fue siempre esclava
“De su voluntad de hierro:
“Un verdugo y un encierro
“Fue lo que en mi casa halló.

“Consumida su alma débil
“Por su eterna pesadumbre,
“Vivió por fuerza y costumbre
“En una eterna ansiedad:
“Y aquella angustia perpetua
“En que a vivir se había hecho,
“Germinó al fin en su pecho
“Su mortal enfermedad.

“Dios nos dejó un día libres;
“Yo que, desde que era niño,
“Nunca a mi padre cariño
“Engendré sino temor,
“Al entierro de mi padre
“Asistí casi sin pena:
“Mi madre era un alma buena
“Y lloró por su señor.

“Mas las almas buenas nacen
“Para arrostrar en la tierra
“Una vida que no encierra
“Para ellas más que pesar.
“Yo había visto a mi madre
“Querida mas no estimada,
“Sujeta y nunca acatada:
“No la supe respetar.

“Hijo único, de carácter
“Indómito a todo yugo,
“De mi madre no me plugo
“Soportar la autoridad;
“Y sin resistencia abierta,
“Mas con firmeza heredada,
“La suya fue dominada
“Al fin por mi voluntad.

“La infeliz al quedar viuda
“Solo cambió de verdugo:
“Pudo aligerar su yugo,
“Mas no le pudo romper.
“La sociedad tendrá un día
“Que dar cuentas al Eterno,
“De este vasallaje interno
“Con que humilló a la mujer.

“Y los padres que a su esposa
“A que respeten sus hijos
“No acostumbran, con prolijos
“Pesares lo pagarán
“En su raza: de su madre
“Los que la ley no respeten
“Y a ella no se sujeten,
“Infelices morirán.

“Yo fui mal hijo: no importa
“Que mi padre sea el culpado
“De mi falta; mi pecado
“Su castigo ha de tener.
“Mi padre habrá respondido
“Por sí; de su mal ejemplo
“No puedo yo inmune templo
“Para mi delito hacer:

“Yo era mozo, y de una herencia
“Pingüe posesor hallándome,
“Me eché al mundo presentándome
“Con un espléndido tren.
“De mi estirpe la nobleza,
“Mi educación, mi riqueza
“Sobre todo, al mundo hicieron
“Que me recibiera bien.

“Aunque no olvidé en el mundo
“De mi hacienda los negocios,
“En sus criminales ocios
“Todas mis rentas gasté:
“Me apegué a sus vanidades,
“Sus deleites y artificios,
“Y al fin de todos los vicios
“Del lujo necesité.

“Mas yo era joven: mi alma
“No estaba aún corrompida,
“Y en el juego de la vida
“La arriesgué sin precaución,
“Y la perdí.—Fui una noche
“A un teatro, y en su escena
“Cantar oí a una sirena
“Que encantó mi corazón.

“Del poder de las pasiones
“Mundanas, la mayor parte
“Le ejerce el poder del arte
“Y el poder de la ilusión.
“Hombre de arte, amé a Almerinda
“Bajo el poder del encanto
“De su gracia, de su canto
“Y de su reputación.

“Los frenéticos aplausos
“De dos mil espectadores,
“Las coronas y las flores
“Que llovían a sus pies,
“Embriagaron mi alma virgen;
“Tomó el oropel por oro,
“Y busqué en su alma un tesoro
“Con mi honor dando a través.

“Seguí y perseguí a Almerinda,
“La envié magníficos dones:
“Debajo de sus balcones
“Cien serenatas la di.
“Las puertas de su casa ella
“Abrió a la opulencia mía:
“Y yo ¡insensato! creía
“Que me las abría a mí.

“Yo la di con todo mi oro
“Mi corazón todo entero;
“Ella, actriz, por mi dinero
“Representó una pasión:
“Y en un año de delirio,
“Me dio los viles placeres
“Que pueden dar las mujeres
“Que nacen sin corazón.

“Del año al fin, de un invierno
“Crudo en una noche fría,
“Me asaltó una pulmonía
“De su mansión al salir.
“Luché más de tres semanas
“Brazo a brazo con la muerte:
“Al cabo fui yo más fuerte
“Que el mal, y torné a vivir.

“Curé de mi pulmonía,
“Mas no de mi amor funesto;
“Apenas me vi repuesto,
“Volví a mi amor con afán.
“Busqué a Almerinda: ya había
“Partido: ¡me quedé yerto!
“Partió, dándome por muerto,
“Con otro feliz galán.

“Yo estaba ciego y demente
“Por mi pasión; de tal modo,
“Que atropellando por todo
“Seguirla determiné.
“Los celos me devoraban:
“Nada más que a ella veía
“En el mundo. —Al caer el día
“A partir me preparé.

“Mi madre infeliz, a fuerza
“De velar junto a mi lecho,
“Sintió hacérsela en el pecho
“Su antigua tisis mortal:
“Lloró, rogó, mandó: inútiles
“Fueron el mandato, el ruego
“Y el llanto: yo estaba ciego
“Por mi pasión criminal.

“Lánceme en pos de Almerinda;
“Dejé en su lecho postrada
“A mi madre abandonada,
“Y hacia Nápoles corrí
“Desatinado. Conciencia,
“Honor, todo lo inmolaba
“A ella. ¡Satanás estaba
“Apoderado de mí!

“Llegué a Nápoles. El público
“Allí a Almerinda aplaudía,
“Y allí con ella tenía
“A mi dichoso rival.
“Les vi salir del teatro,
“El ciego, ella descuidada;
“Les seguí, y de su morada
“Tras ellos pasé el umbral.

“No sé lo que hice: el insulto
“Debió ser grande; un momento
“Después, detrás de un convento,
“Nos hallábamos los dos
“Espada en mano. El combate
“Duró un punto… acaso nada;
“Yo le dejé, con mi espada
“Cruzado, a merced de Dios.

“Subí a casa de Almerinda,
“ Y de ira y de celos negro,
Le maté,—dije.—Me alegro,
“Respondió con frialdad:
Ya no le quedaba un céntimo,
Y estaba ya decidida
A darle una despedida
Como la tuya.—Maldad

“Semejante, sangre fría
“Tan bárbara, heló la mía:
“Y cuanto amor la tenía
“Sentí cambiarse en horror.
“Ella añadió: “Si habéis muerto
“ A ese hombre, dejad mi casa
“Antes que de lo que pasa
“Se entere el gobernador.”

“Desgarróseme la venda
“Que hasta allí me había cegado:
“De mi posición horrenda
“Comprendí la realidad:
“Enamorado de un monstruo
“A quien juzgué ángel divino,
“Iba a ser por asesino
“Preso en extraña ciudad.

“Se me agolpó a la memoria
“Toda mi vida pasada:
“Mi hacienda dilapidada
“Por tan infame mujer,
“Mi honor manchado, mi madre
“Abandonada… hubo un punto
“En qué creí que era asunto
“Para mí de enloquecer.

“Miré a Almerinda: la infame
“Me miraba sonriendo,
“Tal vez mi angustia leyendo
“Con placer sobre mi faz.
“Yo, sintiendo de repente
“Horror de ella y de mí mismo,
“Me libré de aquel abismo
“Que iba a sorberme voraz.

“A aquella mujer malvada
“De mi amor vi tan indigna,
“Que ni aun la tuve por digna
“De mi venganza. Volví
“A embozarme, avergonzado
“De mi amor y mi demencia,
“Y a paso precipitado
“De su casa me salí.

“Volví a entrar en mi posada:
“Pagué al huésped mi hospedaje,
“Y volviendo mi equipage
“En mi maleta a encerrar,
“Aguardé la luz del día:
“Y en el vapor que salía
“Para Marsella a las siete,
“Me hice en silencio a la mar.

“Volaba sobre las ondas
“El vapor: mas mi conciencia
“Me quemaba de impaciencia
“Y de miedo el corazón.
“Mi tragedia de Almerinda
“Había sido mi escarmiento,
“E iba en mi arrepentimiento
“A volverme a la razón

“Me resolví a consagrarme
“De mi madre a la ventura,
“Y a convertir su amargura
“En calma y felicidad
“Mientras viviera.—¡Insensato!
“¡Como si Dios no existiera,
“O impune dejar pudiera
“En la tierra mi maldad!

“Llegué a mi casa de noche.
“Ni luz, ni rumor de gente
“Percibí en ella: indolente
“Dormía en su habitación
“El portero: llamé airado
“Dos veces: con desagrado
“Contestó, y abrió turbado
“Al conocerme, el portón.

“¿Mi madre está ya acostada?
“Y no hay miedo que despierte.
“¿Por qué?
“Porque está enterrada
“Diez y siete días ha.—
“Aquel golpe era muy fuerte:
“A su atroz sacudimiento,
“Caí sin conocimiento.
“¡Así Dios sus golpes da!

“Mi madre murió llamándome:
“Y no faltó quien la dijo,
“Que la abandonaba su hijo
“Por ir tras una mujer.
“Entonces aquel espíritu,
“Que en perpetuo sufrimiento
“Una vida de tormento
“Pasó sin ningún placer,

“Dejó escapar de su vida
“Por las pesadumbres rota,
“De hiel una amarga gota
“¡Y sobre mí la vertió!
“Mi madre dijo impaciente:
“¡Permita Dios que esa infame
“Y cuantas mujeres ame,
“Mueran como muero yo!

“Dios la escuchó, y a su fallo
“Es forzoso que me rinda:
“Así se murió Almerinda,
“Y así Luz se morirá.
“¿No es el momento oportuno
“De traerlo a la memoria?
“¿El misterio de mi historia
“Habéis comprendido ya?

“Fui mal hijo: de mi estirpe
“Solo soy; no hay esperanza:
“En mí ha de caer la venganza
“De mi madre y de mi Dios.
“He amado a dos mujeres;
“Fuerza es que para ambas haya:
“Fuerza es que arrastrada vaya
“La virtud del vicio en pos.”

Dijo Don Luis: y dejando
El velador bruscamente,
Fue a la ventana de enfrente,
Abrióla con rapidez,
Y sacando el busto fuera,
Con afán calenturiento
Se puso el húmedo viento
A aspirar con avidez.

LOSADA.


Doctor, ¿no teméis que ese hombre
Tenga el juicio trastornado?
JOHN LEES.


Si es verdad lo que ha contado,
Que enloquezca es natural.
LOSADA.


¡Dios mío! Entonces…


JOHN LEES.


(interrumpiéndole)
Es claro:
Ya veis que él mismo lo dijo:
Dios es justo, y el mal hijo
No es feliz y muere mal.

Quedó Losada espantado
Del doctor viendo la calma,
Y en el fondo de su alma
Sintiendo la exactitud
De su observación terrible.
En esto, un soplo de viento
Asaltando el aposento,
Desgarró del gas la luz.

El vendaval comenzaba
A hacerse huracán bravío:
Don Luis con el viento frío
Templaba su ardor febril
En la ventana de pechos,
Sin ver que el viento a que abría
Paso, le descomponía
El aposento gentil.

Flotaban los cortinajes
De sus pabellones sueltos,
Y los papeles revueltos
Comenzaban a volar
Arrancados de las mesas,
Y del gas las llamaradas,
Espiraban sofocadas
Y volvían a brotar.

Losada y John Lees, absortos
Con la lúgubre memoria
De aquella tremenda historia
Que acababan de escuchar,
O tienen su pensamiento
Fuera de alcance del viento,
O a Don Luis dejan de intento
Con él su fiebre calmar.

En la espectación fatídica
De este silencio anhelante,
De una Iglesia protestante
Situada en la inmediación
Se oyó al reló dar las siete;
Cuyas siete campanadas
Fueron a perderse ahogadas
Del vendabal entre el son.

Mas una furiosa ráfaga,
Lanzándose por la abierta
Ventana contra la puerta
Del cuarto de Luz, la abrió
Del quicio desencajándola
Con estrépito violento,
Y de Luz al aposento
Revoltosa penetró.

Losada y Lees por afuera,
Y de Luz la camarera
Por dentro, se abalanzaron
A cerrarla: mas fue ya
Tarde; la ráfaga helada
Mató la vela y, el lecho
Sofaldeando, azotó el pecho
De Luz que dormida está.

Sintió la enferma, del viento
Por la fría bocanada,
Desaparecer cortada
Su febril transpiración,
Y sintió que, al ser por ella
De muerte en su cuerpo herida,
Su postrer soplo de vida
Se la iba del corazón;

Y exhaló un hondo gemido
Que resonó en las tinieblas
De todos en el oído
Con un terrífico son.
“¡Luz! ¡Luz!”—dijeron a gritos
Todos los que al aposento
Llegaban, y hubo un momento
De angustia y de confusión.

Dejó Don Luis la ventana
Y entró con una bujía
El último: Luz tosía,
Pero con esfuerzo tal,
Con crispación tan violenta,
Con tan seca y convulsiva
Tos, que por momentos iba
Desfalleciendo mortal.

Al fin del acceso, exánime
Dijo: “¡ese viento me ha muerto!”
Y Luz el semblante yerto
Sobre su pecho dobló.
Ya era cadáver.—Entonces
Don Luis con cóncavo acento
Dijo: “¡la ha matado el viento,
“Y abrí la ventana yo!”

Y sobre Luz sin sentido
Doblándose hacia adelante,
Pareció por un instante
Que estaban muertos los dos.
Lees dijo quedo a Losada:
“Si ahora le quitara el juicio,
“Era el mayor beneficio
“Que podía hacerle Dios.”

Acudió a Don Luis el médico:
Y acercándose Losada
A Luz, al cuello colgada
La halló su repetición.
Teníala entre sus manos
Enclavijadas asida,
Y con ellas comprimida
Encima del corazón.

Sacósela, y con asombro
Vio que se había parado
Cuando Luz había espirado.
Notar se lo hizo a John Lees,
Y este dijo: “¿quién acierta
“Los juicios de Dios? parada
“La repetición, Luz muerta.
“Y… ¡mirad!… loco Don Luis.”

Y era así: pasó el letargo
Por el cual fue acometido
Don Luis, mas volvió sumido
En insana insensatez.
Le hablaron, mas no obtuvieron
Rexpuesta de él; le pusieron
Ante Luz, y contemplóla
Con profunda estupidez.

Ante esta doble catástrofe
Sintió Losada espantado
Su cuerpo paralizado
Por el frío del terror:
Al fin, volviéndose al médico,
El cual como hombre de ciencia
Lo ve con indiferencia,
Dijo: “Y ahora, Doctor,
“¿Qué hacemos?”
LEES.


Tiene muy poco
Que discurrir: dar al loco
Una jaula en Bedlam, y a ella
Un sepulcro en el panteón.
LOSADA.


¿Y su hacienda?
LEES.


Administradla
Vos, por si él vuelve en su acuerdo,
Y de ella como recuerdo
Guardad la repetición.


viernes, 15 de enero de 2016

15.- ZORRILLA Y LOSADA. UNA REPETICIÓN DE LOSADA. CAPÍTULO QUINTO.

Capítulo quinto. Fin de tres mujeres.

 

Setiembre empieza: pasaron
Del estío los calores:
Arboles, yerbas y flores
Empiezan a amarillear;
No hay ya planta en cuyos tallos
Apunte un nuevo retoño,
Y empieza el viento de otoño
Por las tardes a soplar.

Aun no llueve, mas ya empieza
El cielo azul a aplomarse,
Y empiezan a aglomerarse
Nubes oscuras en él:
Y empiezan a prevenirse
Para dejar la Inglaterra,
Los que no osan de su tierra
Sufrir el invierno cruel.

Luz al parecer no sufre
Visible empeoramiento;
Mas ya dejar su aposento
No la permite el doctor
Sino solo al mediodía,
Después y antes de las ráfagas
Con que ya el aire se enfría
Al salir y al caer el sol.

El doctor ha prohibido
El mal estado en que se halla
Revelarla; Don Luis calla
Más sombrío en su dolor
Cada vez; desde la noche
En que Luz sufrió el ataque
Primero, no hay quien le saque
De aquel sombrío estupor.

Luz, como todo el que llega
A su situación, se engaña
Respecto de ella y extraña
Que con tanta precaución
Se la trate: y como todo
El que de su mal padece,
Conforme su riesgo crece
Menos de él tiene aprehensión.

Y cuanto más de su alivio
Disminuye la esperanza,
Luz mucho más lejos lanza
La suya en el porvenir;
Y despertándose en ella
Sus mal dormidos afectos,
La alimenta con proyectos
Ya imposibles de cumplir.

“Ya pronto, dice a Losada
“Que es quien la hace compañía,
“Ya pronto llegará el día
“De volver a aquel país
“Delicioso en que he nacido;
“A aquella Isla perfumada
“Con la cual no tienen nada
“Comparable esto y París.”

Esto llama Luz a Londres,
Con cuyo cielo sombrío,
Luz tibia y pálido estío
No se ha avenido jamás.
Luz repugna por instinto
La Inglaterra, porque en ella
Abrió Dios ante su huella
Su sepulcro nada más.

Y ahora que sus facultades
Mentales se van haciendo
Mas claras, según perdiendo
Va existencia material:
Ahora que su alma está próxima
De su cuerpo a desprenderse,
Del cielo para, volverse
A la patria espiritual,

Van brotando sus memorias
En su mente más poéticas,
Y visiones va proféticas
Evocando su ilusión;
Su ser se va despojando
De todo instinto terreno,
Solo lo bello y lo bueno
Conservando el corazón.

Así que ahora se complace
Luz a solas con Losada
La poesía pasada
De su vida en evocar,
Y desplega ante él el rico
Panorama de esperanza,
Que en sus delirios alcanza
Su ilusión a divisar.

“Ved, Losada”,—le decía
Mirando a su parque un día
Por la ventana,—“ved esa.
“Yerba que creéis que igual
“No la brota tierra alguna:
“Pues eso es un musgo enano
“Allá en el campo cubano;
“Eso en Cuba es un erial.

“Allí no nace una yerba
“Que a sus vivientes felices
“No dé en tallos o en raíces
“Suculenta nutrición;
“Allí el árbol más estéril
“Que a Dios hacer brotar plugo,
“Está de sabroso jugo
“Henchido hasta el corazón.

“Las yerbas allí son yuca
“Fresca, ñame nutritivo,
“El tabaco productivo,
“La caña rica de miel,
“El cafeto aristocrático
“Y la piña perfumada,
“Que nace ya coronada
“Como reina del plantel.

“Los árboles allí ofrecen
“Al hombre ya prevenida
“La nutrición, la bebida,
“En su fruto natural:
“El rojo mamey, el mango
“Suave, el plátano abundante,
“Y la esbelta, la elegante
“Cimbradora palma-real.

“Quien de los campos de Cuba
“No conoce la riqueza,
“Que vio la naturaleza
“No puede decir jamás.
“Los poetas entusiastas
“Cuando cantarla han querido,
“Jamás pintarla han podido,
“Siempre se han quedado atrás.

“Venid allá con nosotros,
“Losada, y haréis conmigo
“Por esos campos que os digo
“Una tras otra escursion;
“Y en aquella tierra pródiga
“De deleites y de frutos,
“Las horas serán minutos
“En vuestra repetición."

Losada oía arrobado
La descripción hechicera
Que le hacía la Habanera
De la Antilla en que nació:
Mas del cielo de ilusiones
Donde le elevó su cuento,
El último pensamiento
De Luz le precipitó.

“Venid conmigo, Losada,
“Venid a tierra tan bella”…
¡Como si pudiera ella
Volver a Cuba jamás!
“Las horas serán minutos
“En vuestro reló”… ¡y debía
Contar los de su agonía
Su repetición no más!

Losada se puso pálido:
La esperanza en que se goza
Luz, el alma le destroza:
Y presa su corazón
De la fe supersticiosa
Por Losada en él nutrida,
Tembló oyéndola a su vida
Unir su funesto don.

El callaba; como siempre
Pálida pero risueña,
Con su mirada halagüeña
Luz, en silencio también
Le contemplaba, a su modo
Su silencio interpretando,
Y de Cuba imaginando
Que sueña con el Edén.
LUZ.


¿Os halaga el pensamiento
De ir a Cuba?
LOSADA.
¡A Dios pluguiera!

Diez años de vida diera
Por ir a Cuba con vos.
LUZ.


Vámonos pues.
LOSADA.


Imposible.

LUZ.


Seis meses allá estaremos.

LOSADA.


¡Ojalá! mas no podemos,Luz.
LUZ.


¿Quién nos lo impide?
LOSADA.


Dios.
A su pesar de la lengua
Y el corazón a Losada
Se le fue el “Dios”. — Luz, turbada.
Con asombro le miró;
El, viendo al punto el peligro
De que a penetrar llegase
El sentido de su frase,
A añadir se apresuró:
LOSADA.


Dios cuna, hogar y familia
Me dio en este continente;
Intereses tengo y gente
Que en él dependen de mí:
Dios me prohíbe de Europa
Salir: aquí está mi cuna,
Mi familia y mi fortuna:
Mi tumba ha de abrirse aquí.
LUZ.


¡Moriremos separados!
LOSADA.


¿Quién sabe?
LUZ.


Sí: ya está escrito
Mi sino; yo necesito
Mi luz y mi aire natal.
En el paquete de Octubre
Volveremos a la Habana;
Yo, cual la palma cubana,
Vegeto al sol tropical.
LOSADA.


Mas vale, Luz, no hablar de eso;
Mas como ha de ser preciso,
Luz, que sea el paraíso
El sitio dó vayáis vos,
Solamente os recomiendo
Que me tengáis en memoria
Dó quier que esté vuestra gloria.
LUZ.


Siempre: no permita Dios
Que yo jamás os olvide;
A más que imposible fuera
Aunque yo misma quisiera.
LOSADA.


¿Por qué?
LUZ.


Porque siempre va
Conmigo quien hora a hora
A mi memoria os recuerda;
No hay miedo de que yo pierda
Vuestro recuerdo: aquí está.

Dijo: y sacando del seno
La repetición colgada
De su cadena, a Losada
Risueña Luz, la mostró.
Él, de su mano tomándola,
Con su reló confrontándola
Y exacta con él hallándola,
Dio un suspiro y continuó:
LOSADA.


¿Marcha bien?
LUZ.


Con los cronómetros
Un minuto no discrepa.

LOSADA.



¿Nunca varió?
LUZ.


Que yo sepa
Nunca.
LOSADA.


¿Jamás le faltó
Cuerda?
Luz.


Jamás; por el día
La llevo siempre en el pecho:
De noche, al cerrar mi lecho,
Cuido de dársela yo.
Porque muy supersticiosa
Soy, y a veces imagino
Que va unido mi destino
Con vuestra repetición.
Mientras su volante siento
De mi corazón encima,
Que su movimiento anima
Creo el de mi corazón.
LOSADA.


¿La estimáis mucho?
LUZ.


Por ella
Y por vos; es una prenda
De la cual solo haré ofrenda
A mi marido o a Dios.
Mis días conté por ella;
Dó quier que Dios tumba me abra… —


Aquí de Luz la palabra
Cortó un acceso de tos.

Y ya cuando al caer la noche
O al rayar la luz del día
La desdichada tosía,
Quedaba en cansacio tal
Sumida, que era preciso
Darla un punto de reposo:
El punto más peligroso
De las crisis de su mal.

Y ella sola lo ignoraba:
En uno de esos instantes,
Síntomas más alarmantes
Debían aparecer;
Por cuya razón Losada
Y el doctor, que lo sabían,
A darla ausilio acudían
Cuando la oían toser.

Don Luis y el doctor entraron
Al cuarto en que con Losada
Estaba Luz: mas, pasada
La tos, repuesta otra vez
La hallaron; solo tenía
Del esfuerzo que había hecho,
Un poco agitado el pecho
Y un poco roja la tez.